D.ª Irene.—Conmigo usa de más franqueza. Á cada instante hablamos de usted, y en todo manifiesta el particular cariño que á usted le tiene... ¿Con qué juicio hablaba ayer noche después que usted se fué á recoger? No sé lo que hubiera dado por que hubiese podido oirla.
D. Diego.—¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
D.ª Irene.—Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es para una criatura de sus años un marido de cierta edad, experimentado, maduro y de conducta...
D. Diego.—¡Calle! ¿Eso decía?
D.ª Irene.—No, esto se lo decía yo, y me escuchaba con una atención como si fuera una mujer de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas la dije! Y ella, que tiene mucha penetración, aunque me esté mal el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver cómo se hacen los matrimonios hoy en el día? Casan á una muchacha de quince años con un arrapiezo de diez y ocho, á una de diez y siete con otro de veintidós: ella niña sin juicio ni experiencia, y él niño también sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es mundo. Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa?, ¿quién ha de mandar á los criados?, ¿quién ha de enseñar y corregir á los hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos suelen plagarse de criaturas en un instante, que da compasión.
D. Diego.—Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos á muchos que carecen del talento, de la experiencia y de la virtud que son necesarias para dirigir su educación.
D.ª Irene.—Lo que sé decirle á usted es que aún no había cumplido los diez y nueve cuando me casé de primeras nupcias con mi difunto don Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo presente, no es posible hallarle de más respeto, más caballeroso... y al mismo tiempo más divertido y decidor. Pues, para servir á usted, ya tenía los cincuenta y seis, muy largos de talle, cuando se casó conmigo.
D. Diego.—Buena edad... No era un niño, pero...
D.ª Irene.—Pues á eso voy... Ni á mí podía convenirme en aquel entonces un boquirubio con los cascos á la jineta... No, señor... Y no es decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud, nada de eso. Sanito estaba, gracias á Dios, como una manzana; ni en su vida conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le amagaba de cuando en cuando. Pero luégo que nos casamos dió en darle tan á menudo y tan de recio, que á los siete meses me hallé viuda y encinta de una criatura que nació después, y al cabo y al fin se me murió de alfombrilla.
D. Diego.—¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno de don Epifanio.