D.ª Irene.—Sí, señor, ¿pues por qué no?

D. Diego.—Lo digo porque luégo saltan con... Bien que si uno hubiera de hacer caso... ¿Y fué niño, ó niña?

D.ª Irene.—Un niño muy hermoso. Como una plata era el angelito.

D. Diego.—Cierto que es consuelo tener, así, una criatura, y...

D.ª Irene.—¡Ay, señor! Dan malos ratos, pero ¿qué importa? Es mucho gusto, mucho.

D. Diego.—Yo lo creo.

D.ª Irene.—Sí, señor.

D. Diego.—Ya se ve que será una delicia, y...

D.ª Irene.—¡Pues no ha de ser!

D. Diego.—Un embeleso el verlos juguetear y reir, y acariciarlos, y merecer sus fiestecillas inocentes.