Al cabo de mis años y de mis achaques, verme tratada de esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta, vamos al decir... ¿quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!... ¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera, que tenia el genio como una serpiente...
D. Die.
Mire usted, señora, que se me acaba ya la paciencia.
D.ª Ire.
Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho una furia del infierno, y un dia del Corpus, y no sé por qué friolera, hartó de mojicones á un comisario ordenador, y si no hubiera sido por dos padres del Cármen que se pusieron de por medio, le estrella contra un poste en los portales de Santa Cruz.
D. Die.
¿Pero es posible que no ha de atender usted á lo que voy á decirla?
D.ª Ire.
¡Ay! no señor, que bien lo sé, que no tengo pelo de tonta, no señor... Usted ya no quiere á la niña, y busca pretextos para zafarse de la obligacion en que está... ¡Hija de mi alma y de mi corazon!
D. Die.