Su voz era sonora, joven—más joven que el rostro—, clara y limpia. Debía de cantar muy bien.
El presidente se encogió de hombros, se inclinó hacia el juez, que se hallaba sentado a su izquierda, y le dijo algunas palabras al oído.
El otro le contestó en voz baja:
—Sí, es extraordinario. No lo entiendo.
—Escuche usted—dijo el presidente, dirigiéndose de nuevo a Karaulova—. El tribunal quiere conocer las razones que la hacen negarse a prestar juramento. Sin esa condición no podemos dispensarle a usted de prestarlo. Responda.
Siempre inmóvil, impasible, la testigo respondió algo, pero con voz tan débil que no pudo oírse claramente.
—No se oye nada. Más alto; tenga la bondad.
La testigo tosió, y luego dijo en alta voz:
—Soy una prostituta.
El abogado, que estaba sumido en sus reflexiones, levantó de pronto la cabeza y miró con curiosidad a aquella mujer.