—Convendría iluminar la sala—pensó.
El ujier, como si hubiera adivinado su pensamiento, oprimió uno tras otro los botones eléctricos. El público, los jurados y los testigos levantaron la cabeza y miraron las lámparas encendidas. Sólo los jueces permanecieron indiferentes. Así se estaba aún más a gusto. Uno de los jurados, un viejo, miró a Karaulova y dijo a su vecino:
—¡Tiene gracia esa mujer!
—Sí—contestó el otro.
—Bueno—objetó el presidente—. El hecho de que sea usted una prostituta no es una razón para negarse a prestar juramento.
Pronunció la palabra «prostituta» con el mismo acento con que estaba habituado a pronunciar las palabras «asesino», «ladrón», «bandido».
—¿Usted es, con todo, cristiana?
—No, no soy cristiana. Si fuera cristiana, no sería prostituta.
La situación se complicaba. El presidente, frunciendo las cejas, consultó a su colega de la izquierda y se dispuso a hablar; pero cayó en la cuenta de que también debía consultar a su colega de la derecha, y se inclinó hacia él. El juez, sonriendo, hizo con la cabeza un signo de aprobación.
—Escuche usted—dijo el presidente, dirigiéndose a Karaulova—. El tribunal ha decidido explicarle a usted su error. Usted no se considera cristiana porque se dedica a ese oficio; pero está equivocada. Es un error, ¿comprende usted? Su oficio no le interesa al tribunal, sino solamente a usted y a su conciencia. Nosotros no podemos mezclarnos en eso. Su oficio no puede impedirle a usted el ser cristiana. ¿Comprende? Se puede ser ladrón o bandido, sin dejar por eso de ser cristiano, mahometano o judío. Todos nosotros, los jueces, los jurados, el fiscal, tenemos nuestras respectivas profesiones, y eso no nos impide el ser cristianos...