Hizo una corta pausa, como si buscase palabras, y continuó:

—¿Ha comprendido usted? Su oficio es una cosa por completo ajena a esta cuestión. Si usted practica los ritos de la religión cristiana, si frecuenta la iglesia... ¿Verdad que frecuenta la iglesia?

—No.

—¿Cómo que no? ¿Por qué?

—Con mi oficio, ¿cómo quiere usted que yo vaya a la iglesia?

—Pero irá usted a confesar.

—No.

Las respuestas eran bien claras. Iluminada por la luz eléctrica, la testigo parecía de mejor color y más joven, acaso también a causa de la emoción. A cada una de las respuestas, el público se miraba, divertido, risueño. Alguien, con aspecto de artesano, en los últimos bancos, se hallaba en el colmo del regocijo.

—¡Esto va siendo interesante!—proclamó, en voz tan poco queda, que se le oyó en toda la sala.

—Pero rezará usted...—preguntó el presidente.