Y juró el filósofo como un carretero. Y no fué lo peor que jurase, sino que ponía el grito en el cielo, y los que en él estaban comenzaron á despertarse al estrépito, y ya bajaban algunos bienaventurados por las escalonadas nubes, teñidas, cuál de gualda, cuál otra de azul marino.
Entretanto San Pedro se apretaba los ijares con entrambas manos, por no descoyuntarse con la risa, que le sofocaba. Más se irritaba Pértinax con la risa del Santo, y éste hubo de suspenderla para aplacarle, si podía, con tales palabras:
—Señor mío, ni aquí hay farsa que valga, ni se trata de engañar á usted, sino de darle el cielo, que, por lo visto, ha merecido por buenas obras, que yo ignoro; como quiera que sea, tranquilícese y suba, que ya la gente de casa bulle por allá dentro y habrá quien le conduzca donde todo se lo expliquen á su gusto, para que no le quede sombra de duda, que todas se acaban en esta región, donde lo que menos brilla es este sol que estoy limpiando.
—No digo yo que usted quiera engañarme, pues me parece hombre de bien; otros serán los farsantes, y usted sólo un instrumento sin conciencia de lo que hace.
—Yo soy San Pedro...
—Á usted le habrán persuadido de que lo es; pero eso no prueba que usted lo sea.
—Caballero, llevo más de 1.800 años en la portería...
—Aprensión, prejuicio...
—¡Qué prejuicio ni qué calabaza!—grita el Santo ya incomodado un tantico—; San Pedro soy, y usted un sabio como todos los que de allá nos vienen, tonto de capirote y con muchos humos en la cabeza... La culpa la tiene quien yo me sé, que no se va más despacio en el admitir gente de pluma donde bendita la falta que hace. Y bien dice San Ignacio...