Á la sazón aparecióse en el portal la majestuosa figura de un venerable anciano, vestido de amplia y blanquísima túnica, el cual, mirando con dulces ojos al filósofo colérico, le dijo, mientras cogía sus flacas manos, con las que él tenía de luz, ó, por lo menos, de algo muy tenue y esplendoroso:

—Pértinax, yo soy el solitario de Patmos; ven conmigo á la presencia del Señor, tus pecados te han sido perdonados y tus méritos te levantaron, como alas, de la tierra triste y llegaste al cielo, y verás al Hijo á la diestra del Padre... El Verbo que se hizo carne.

—Habitó entre nosotros, ya sé la historia; pero señor San Juan, digo y repito que esto es indigno, que reconozco la habilidad de los escenógrafos; pero la farsa, buena para alucinar á un espíritu vulgar, no sirve contra el autor de la Filosofía última.—Y el pobre filósofo escupía espuma de puro rabiado.

El portal estaba lleno de ángeles y querubines, tronos y dominaciones, santos y santas, beatas y beatos y bienaventurados rasos. Hacían coro alrededor del extranjero y escuchaban con sonrisa... de bienaventurados, la sabrosa plática que tenían ya entablada el autor del Apocalipsis y el de la Filosofía última. Como San Juan se explicara en términos un tanto metafísicos, fué apaciguándose poco á poco el furioso pensador, y con el interés de la polémica llegó á olvidar la que él llamaba farsa indigna.

Entre los del coro había dos que se miraban de reojo, como animándose mutuamente á echar su cuarto á espadas. Eran Santo Tomás y Hegel, que por distintas razones veían con disgusto en el cielo al autor de la Filosofía última, obra detestable en su dictamen, esta vez de acuerdo. Por fin, Santo Tomás, terciando el manteo, interrumpió al filósofo intruso, gritando sin poder contenerse:

¡Nego suppositum!

Volvióse el doctor Pértinax con altiva dignidad para contestar como se merecía al Doctor Angélico, el cual, después de haberle negado el supuesto, se preparaba á anonadarle bajo la fuerza de la Summa teológica que al efecto hizo traer de la biblioteca celestial. Diógenes el Cínico, que andaba por allí, puesto que se había salvado por los buenos chascarrillos que supo contar en vida, no por otra cosa, Diógenes opinó que la mejor manera de sacar de sus errores al doctor Pértinax era enseñarle todo el cielo, desde la bodega hasta el desván. Á esto, Santo Tomás apóstol, dijo:—Perfectamente; eso es, ver y creer. Pero su tocayo, el de Aquino, no se dió á partido; insistió en demostrar que la mejor manera de vencer los paralogismos de aquel filósofo era recurrir á la Summa. Y dicho y hecho; ya llegaba con cuatro tomos como casas sobre las robustas espaldas una especie de mozo de cordel muy guapo que llamaban por allí Alejandrito, y era efectivamente Alejandro Pidal y Mon, tomista de tomo y lomo que estaba en el cielo de temporada y en calidad de corresponsal. Abrió Santo Tomás la Summa con mucha prosopopeya, y la primer q con que topó vínole como pedrada en ojo de boticario. Ya el Santo había juntado el dedo índice con el pulgar en forma de anteojo, y comenzaba á balbucir latines cuando Pértinax gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Callen todas las Escolásticas del mundo donde esté mi Filosofía última! En ella queda demostrado...

—Oiga usted, señor filósofo, interrumpió Santa Escolástica, que era una señora muy sabida; yo no quiero callar, ni es usted quién para venir aquí con esos aires de taco, y lo que yo digo es que ya no hay clases, y que aquí entra todo el mundo.

—Señora, exclamó el Santo Job, haciendo una reverencia con una teja que llevaba en la mano y usaba á guisa de cepillo—; señora, sea todo por Dios, y dejemos que entre el que lo merezca, que todos cabemos. Yo creo que mi amigo Diógenes dice bien; este caballero se convencerá de que ha vivido en un error si se le hace ver el Universo y la corte celestial tal como son efectivamente; esto no es desairar á Santo Tomás, mi buen amigo, Dios me libre de ello; pero en fin, por mucho que valga la Summa, más vale el gran libro de la Naturaleza, como dicen en la tierra; más vale la suma de maravillas que el Señor ha creado, y así, salvo mejor parecer, propongo que se nombre una comisión de nuestro seno que acompañe al doctor Pértinax y le vaya haciendo ver la fábrica de la inmensa arquitectura, como dijo Lope de Vega, á quien siento no ver entre nosotros.