Grandísimo era el respeto que á todos los santos y santas merecía el Santo Job, y así, aunque otra le quedaba, el de Aquino tuvo que dar su brazo á torcer, y Pidal volvió con la Summa á la biblioteca. Procedióse á votación nominal, en la que se empleó mucho tiempo, por haber acudido al portalón del cielo más de medio martirologio, y resultaron elegidos de la comisión los señores siguientes: el Santo Job, por aclamación; Diógenes, por mayoría, y Santo Tomás apóstol, por mayoría. Tuvieron votos: Santo Tomás de Aquino, Scoto y Espartero.
El doctor Pértinax accedió á las súplicas de la comisión y consintió en recorrer todas aquellas decoraciones de magia que le podrían meter por los ojos, decía él, pero no por el espíritu.
—Hombre, no sea usted pesado—le decía Santo Tomás, mientras le cosía unas alas en las clavículas para que pudiese acompañarles en el viaje que iban á emprender. Aquí me tiene usted á mí, que me resistía á creer en la Resurrección del Maestro; vi, toqué y creí; usted hará lo mismo...
—Caballero, replicó Pértinax—, usted vivía en tiempos muy diferentes; estaban ustedes entonces en la edad teológica, como dice Comte, y yo he pasado ya todas esas edades y he vivido del lado de acá de la Crítica de la razón pura y de la Filosofía última, de modo que no creo nada, ni en la madre que me parió; no creo más que en esto: en cuanto me sé de saberme, soy conscio, pero sin caer en el prejuicio de confundir la representación con la esencia, que es inasequible, esto es, fuera de, como conscio, quedando todo lo que de mí (y conmigo todo), sé, en saber que se representa todo (y yo como todo) en puro aparecer, cuya realidad sólo se inquieta el sujeto por conocer por nueva representación volitiva y afectiva, representación dañosa por irracional y pecado original de la caída, pues deshecha esta apariencia del deseo, nada queda que explorar, ya que ni la voluntad del saber queda.
Sólo el Santo Job oyó la última palabra del discurso, y rascándose con la teja la pelada coronilla, respondió:
—La verdad es que son ustedes el diablo para discurrir disparates, y no se ofenda usted, porque con esas cosas que tiene metidas en la cabeza ó en la representación, como usted quiere, va á costar sudores hacerle ver la realidad tal como es.
—¡Andando, andando!—gritó Diógenes en esto—á mí me negaban los sofistas el movimiento, y ya saben ustedes cómo se lo demostré: ¡andando, andando!
Y emprendieron el vuelo por el espacio sin fin. ¿Sin fin? Así lo creía Pértinax, que dijo:—¿Piensan ustedes hacerme ver todo el Universo?
—Sí, señor—respondió Santo Tomás apóstol (único Santo Tomás de que hablaremos en adelante)—, eso pronto se ve.
—¡Pero hombre, si el Universo (en el aparecer, por supuesto) es infinito! ¿Cómo conciben ustedes el límite del espacio?