—Lo que es concebirlo, mal; pero verlo, todos los días lo ve Aristóteles, que se da unos paseos atroces con sus discípulos, y por cierto que se queja de que primero se acaba el espacio para pasear que las disputas de sus peripatéticos.
—Pero ¿cómo puede ser que el espacio tenga fin? Si hay límite, tiene que ser la nada; pero la nada, como no es, nada puede limitar, porque lo que limita es, y es algo distinto del ser limitado.
El santo Job, que ya se iba impacientando, le cortó la palabra con éstas:
—¡Bueno, bueno, conversación! Más le vale á usted bajar la cabeza para no tropezar con el techo, que hemos llegado á ese límite del espacio que no se concibe, y si usted da un paso más, se rompe la cabeza contra esa nada que niega.
Efectivamente; Pértinax notó que no había más allá; quiso seguir, y se hizo un chichón en la cabeza.
—¡Pero esto no puede ser!—exclamó, mientras Santo Tomás aplicaba al chichón una moneda de las que llevaban los paganos en su viaje al otro mundo.
No hubo más remedio que volver pie atrás, porque el Universo se había acabado. Pero finito y todo, ¡cuán hermoso brilla el firmamento con sus millones de millones de estrellas!
—¿Qué es aquella claridad deslumbradora que brilla en lo alto, más alta que todas las constelaciones? ¿Es alguna nebulosa desconocida de los astrónomos de la tierra?
—¡Buena nebulosa te dé Dios!—contestó Santo Tomás—; aquélla es la Jerusalén celestial, de donde bajamos nosotros precisamente; allí ha disputado usted con mi tocayo, y eso que brilla son las murallas de diamantes que rodean la ciudad de Dios.