—¿De manera que aquellas maravillas que cuenta Chateaubriand y que yo juzgaba indignas de un hombre serio?...
—Son habas contadas, amigo mío. Ahora vamos á descansar en esta estrella que pasa por debajo, que á fe de Diógenes, que estoy cansado de tanto ir y venir.
—Señores, yo no estoy presentable—dijo Pértinax—; todavía no me he quitado la mortaja, y los habitantes de esa estrella se van á reir de este traje indecoroso...
Los tres ciceroni del cielo soltaron la carcajada á un tiempo. Diógenes fué el que exclamó:—Aunque yo le prestara á usted mi linterna, no encontraría usted alma viviente ni en esa estrella, ni en estrella alguna de cuantas Dios creó.
—¡Claro, hombre, claro!—añadió muy serio Job—; no hay habitantes más que en la tierra: no diga usted locuras.
—¡Eso sí que no lo puedo creer!
—Pues vamos allá—replicó Santo Tomás, á quien ya se le iba subiendo el humo á las narices. Y emprendieron el viaje de estrella en estrella, y en pocos minutos habían recorrido toda la vía láctea y los sistemas estelares más lejanos. Nada, no había asomo de vida. No encontraron ni una pulga en tantos y tantos globos como recorrieron. Pértinax estaba horrorizado.
—¡Esta es la creación!—exclamó—; ¡qué soledad!
Á ver, enséñeme usted la tierra; quiero ver esa región privilegiada: por lo que barrunto, debe de ser mentira toda la cosmografía moderna, la tierra estará quieta y será centro de toda la bóveda celeste; y á su alrededor girarán soles y planetas y será la mayor de todas las esferas...