—Nada de eso—repuso Santo Tomás—; la astronomía no se ha equivocado; la tierra anda alrededor del sol, y ya verá usted qué insignificante aparece. Vamos á ver si la encontramos entre todo este garbullo de astros. Búsquela usted, santo Job, usted que es cachazudo.

—¡Allá voy!—exclamó el santo de la teja, dando un suspiro y asegurando en las orejas unas gafas. ¡Es como buscar una aguja en un pajar!... ¡Allí la veo! ¡allí va! ¡mírela usted, mírela usted qué chiquitina! ¡parece un infusorio!

Pértinax vió la tierra, y suspiró pensando en Mónica y en el fruto de sus filosóficos amores.

—¿Y no hay habitantes más que en esa mota de tierra?

—Nada más.

—¿Y el resto del Universo está vacío?

—Vacío.

—Y entonces, ¿para qué sirven tantos y tantos millones de estrellas?

—Para faroles. Son el alumbrado público de la tierra. Y sirven además para cantar alabanzas al Señor. Y sirven de ripio á la poesía. Y no se puede negar que son muy bonitas.

—¡Pero vacío todo!