—¡Vacío!

Pértinax permaneció en los aires un buen rato triste y meditabundo. Se sentía mal. El edificio de la Filosofía última amenazaba ruina. Al ver que el Universo era tan distinto de como lo pedía la razón, empezaba á creer en el Universo. Aquella lección brusca de la realidad era el contacto áspero y frío de la materia que necesitaba su espíritu para creer.—¡Está todo tan mal arreglado, que acaso sea verdad!—así pensaba el filósofo. De repente se volvió hacia sus compañeros y les preguntó:—¿Existe el infierno?

Los tres suspiraron, hicieron gestos de compasión, y respondieron:

—Sí; existe.

—Y la condenación, ¿es eterna?

—Eterna.

—¡Solemne injusticia!

—¡Terrible realidad!—respondieron los del cielo á coro.

Pértinax se pasó la mortaja por la frente. Sudaba filosofía. Iba creyendo que estaba en el otro mundo. Aquella sinrazón de todo le convencía.—¿Luego la cosmogonía y la teogonía de mi infancia eran la verdad?