A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando chispas por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y se detenía delante del caserón arrinconado.

La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con estrépito.

—¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has vestido?

—¡Qué terca!—exclamó Paquito, que acompañaba a su madre.

Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, dando a entender que no era responsable de aquella terquedad.

«Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se abrochaba los guantes y lucía su levita de tricot muy ajustada.

Ana sonrió a la Marquesa.—Pero, señora, si es una locura. ¿Por qué se ha molestado usted?

—¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! arriba; o aquí mismo, delante de estos señores te peino, te calzo y te visto.

—Eso es—dijo Paco—te vestimos, te peinamos....

Don Víctor instó también.