—Pero, vamos a ver—decía—¿quién le ha asegurado a usted que el Magistral no ha querido confesar a la Regenta?

—Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta.

—Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón.

—Es verdad—gritó un tercero—yo también los vi. De Pas iba con el Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, el Magistral se puso muy colorado.

—¡Hombre, hombre!—exclamó el ex-alcalde fingiendo escandalizarse.

—Pues yo sé más que todos ustedes—vociferó un pollo que imitaba a Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina.

Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los del corro se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el respaldo en la mesa, dijo:

—Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre don Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque....

—¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?—interrumpió el enemigo del clero—. ¡El secreto de la confesión!

—¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo ha dicho. Mesía—y bajó mucho más la voz—Mesía le pone varas a la Regenta.