Poco después, el P. Esteban Páez, Visitador de la comarca, teniendo en cuenta la distancia á que se hallaban aquellos PP. de su casa central del Perú, lo cual impedía auxiliarlos con eficacia, resolvió que se retiraran al Tucumán; encargando la evangelización á los del Brasil, que se hallaban más próximos y sabían la lengua de los naturales. Lorenzana y Ortega se marcharon, pero Fildi quedó enfermo en Asunción.
No cabe duda de que aquellos sacerdotes, informaron detalladamente á su generalato, sobre las condiciones del territorio por ellos reconocido, su situación intermedia entre el Tucumán y el Brasil, la posibilidad de una salida marítima por este país, una vez efectuado el contacto, la facilidad de comunicaciones con el Perú y con Buenos Aires, la índole favorable de la raza y la consiguiente facilidad de dominarla, todavía favorecida por la influencia militar de los españoles. Si á esto se agrega el conocimiento de la extraordinaria fertilidad y excelente clima, que prometían grandes compensaciones al trabajo inteligente, no es arriesgarse hasta lo fantástico suponer que la idea del Imperio fué concebida desde entonces.
Los jesuítas eran demasiado expertos, para no comprender que la restauración teocrática no prosperaría ya en Europa; pero poseían al mismo tiempo bastante decisión, para aprovechar aquella coyuntura experimental que se les ofrecía. Sus misiones de Asia, no podían aspirar á influir sobre la política de imperios constituidos, que supieron oponerles con eficacia el prestigio de religiones organizadas; mas la orden era eminentemente política, á causa de sus procedimientos modernos, y no se resignaba á proceder como una de tantas. Acogió, pues, gozosa la ocasión que se le presentaba en aquel manso país, con la rudimentaria estructura social de sus tribus, como una masa plástica sensible á cualquier presión, entrando acto continuo á realizar el vasto plan.
Fué el primer paso, la erección de la provincia espiritual del Paraguay, que el quinto General de la Compañía, P. Claudio Aquaviva, efectuó en 1604. El año anterior, Hernandarias había realizado una expedición contra las tribus del Uruguay, siéndole adversa la fortuna, pues aquéllas llegaron á exterminar su infantería; y esto le decidió á impetrar de la Corona el establecimiento de misiones, dando por infructuosa toda acción ulterior sobre los indios.
Semejante pesimismo, á todas luces sorprendente en un carácter tan intrépido, y cuando estaba fresco aún el recuerdo de Irala, me hace sospechar que la influencia jesuítica, siempre grande sobre él, no fuera ajena á su determinación.
De todos modos, la Corona en su real orden del 30 de enero de 1609, encargó la reducción de los indios á los jesuítas.
La organización se encontró planteada, con tal oportunidad, que revela á primera vista una inteligencia entre el generalato jesuítico y el gobierno; pues éste era demasiado celoso de sus prerrogativas, para no protestar eficazmente si aquél hubiera procedido sin su aquiescencia.
Efectivamente, el general de los jesuítas había encargado al superior de la compañía en el Perú, P. Romero, la erección de la provincia del Paraguay, que en 1607 tuvo su primer Provincial en la persona del P. Diego de Torres Bollo, el cual empezó sus tareas acompañado por quince sacerdotes.
Bien se predisponía todo en favor de los nuevos misioneros, revelando la certeza de sus cálculos. Diríase que la América estaba predestinada á aquella influencia. En 1508, el mapa de Ruysch llamaba á la del Sur Terra Sancta Crucis, denominación corriente, al parecer, pues el globo Lenox la repite;[55] y concretándonos al Paraguay, encontramos que éste, poco antes de la época á que voy refiriéndome, tuvo de obispo á Fray Martín Ignacio de Loyola, sobrino, nada menos, del fundador de la Compañía.
Los diecisiete años de activa labor yerbatera habían hecho intolerable la crueldad de los encomenderos; de modo que cuando Alfaro, Visitador de la Corona, realizó la investigación que ésta le había cometido sobre la situación de los indios paraguayos, no vaciló en tomar su partido, de acuerdo con los jesuítas, cuya acción apoyó decididamente con sus célebres ordenanzas. El segundo gobierno de Hernandarias, en 1615, robusteció aún más su naciente poder.