El Gobierno, cuyo ideal teocrático tan bien se avenía con aquel ensayo, miró á los autores como á sus vasallos predilectos, facilitando su acción con toda suerte de preferencias.
Penetraron, pues, con buen pie al país abierto ya en toda su extensión por las correrías de los conquistadores, demostrándose su acción secundaria á este respecto, con una sola consideración:
Mientras en Norte América y en Asia fueron notables sus descubrimientos por aquel mismo tiempo, durante el siglo y medio que duró su imperio en el Paraguay, sólo se cuenta tres expediciones suyas de este género. Las de los PP. Castañares y Patiño por el Pilcomayo, y la del P. Ramón por los ríos Negro y Orinoco.[56]
En las seis grandes expediciones que reconocieron el territorio, desde 1515 á 1610, la religión no tuvo parte. La conquista laica se desarrolló sola, y con tal éxito, que sólo ocho de sus veintiocho fundaciones fueron destruidas; al paso que las trece de los jesuítas en la Guayra, más otras muchas suyas hasta alcanzar á cuarenta, desaparecieron por causa igual.
De aquí á juzgar con Azara y otros liberales, que la primera empresa fué superior á la segunda, hay mucha distancia; y si he insistido de nuevo en el parangón, es á objeto de que se vea cómo la ley histórica, en cuya virtud la conquista militar precede á la religiosa, se cumplió aquí una vez más.
Continuaban al propio tiempo las fundaciones en el Tucumán y en el Perú, contándose dos poderosos centros en Córdoba y Santa Fe, que con los paraguayos y brasileños daban ya el boceto de la dominación futura. Los establecimientos de la Guayra y los del distrito del Tape, tenían tan visible objeto de darse la mano con los costaneros del Brasil, que dejaron casi abandonado el territorio intermedio entre ellos y la Asunción, donde sobraban infieles, sin embargo. El ataque simultáneo de los mamelucos sobre ambos puntos, demuestra que aquéllos también se daban cuenta del plan seguido por sus poderosos rivales.
Los jesuítas, reaccionaron sobre la idea que consideraba á los indios como bestias semi-racionales, mas para tenerlos por niños, lo cual equivalía á prolongar indefinidamente su tutela. Quedaban, con relación á sus protegidos, en la misma situación que los encomenderos, y debe alabárselos por no haber abusado de ella; pero el hecho es que, salvo el buen trato, la tendencia conquistadora permaneció incólume.
Como los espíritus más selectos habían adoptado, según dije, la carrera eclesiástica al pronunciarse la decadencia española, su mayor delicadeza de sentimientos y su elevación moral, ocasionaron el trato más humanitario de los indios en las misiones. Pero la teología hueca y la piedad acomodaticia influyeron sobre la conquista espiritual, haciendo de las conversiones un asunto mecánico. Lo que se quería era bautizar á toda costa; y á veces una tribu, vencida por la tarde, era cristianada al día siguiente en masa, sin otra comunicación evangélica que la muy precaria entre vencedor y vencidos.
Siendo tan diversa la situación moral de uno y otros, y actuando ambos en esferas psicológicas tan opuestas, claro es que la predicación sólo daba resultados insignificantes. En los primeros tiempos, se efectuó á veces con ayuda de intérpretes; y es fácil suponer la manera cómo los conceptos teológicos del catolicismo pasarían á las mentes salvajes, traducidos por el guaraní de un lenguaraz.
Aunque los PP. contaron desde luego con el catecismo de los franciscanos, en lengua indígena, y por más que algunos ya la sabían, las dificultades fueron casi insuperables para comunicar cosas tan sutiles y complicadas como las teológicas, sin que el fetichismo aborigen presentara una sola coyuntura en su tosca sencillez. La conciencia errátil del indio producía un obstáculo quizá mayor, no quedando entonces otro expediente que una imposición directa y autoritaria.