Fué lo que se hizo, imprimiendo en aquella indolente plasticidad, todavía aumentada por su situación de vencida, el sello teocrático, y atrayéndola con el único medio de relación posible, dada su impenetrabilidad psicológica: la tentación sensual, por medio de golosinas, músicas, pinturas, etc.—arte en el que, ayer como hoy, eran maestros aquellos religiosos.
Los indios sólo adoptaron, pues, la exterioridad del nuevo culto, sin que esto perjudique á la intención de sus misioneros, pues por algo había que empezar; pero no está probado que salieran de allí. Fué una sustitución de su idolatría, mísera y rudimentaria, por otra, llena de ceremonias aparatosas, en las cuales era dado participar con trajes de viso y títulos que halagaban la pasión del fausto, tan dominante en el indio. El estilo charro, característico de los ornamentos y templos jesuíticos, estaba más próximo de su mentalidad que la severa belleza de los tipos clásicos, con su exceso decorativo que los PP. exageraron todavía.
Fiestas patronales de los pueblos, y onomásticas del Rey, han dejado en las crónicas un recuerdo de lujo bárbaro, que revela con significativa elocuencia el método.
Todo era, naturalmente, religioso. Los recamados ornamentos resplandecían al sol; aguas perfumadas servían en las ceremonias. Había profusión de incienso y de repiques; y por sobre todo, esta suprema vinculación de la gratitud primitiva con la religión que ocasionaba los festejos: aquél era el día de banquetear y vestirse bien. Familias enteras se envanecían con el roquete y los zapatos de un monaguillo. El pueblo aplaudía entusiasta á las comparsas de niños, que trajeados de ceremonia recitaban loas ó danzaban, componiendo con sus figuras cifras místicas, al compás de estrepitosas orquestas. Petardos, cajas, clarines y cascabeles que propagaban su sonoro escalofrío en el temblor de las gualdrapas, subían hasta lo delirante la fanfarria clamorosa. Simulacros militares, encendían el atavismo bélico de la sangre aún montaraz; corridas de sortijas, autos en guaraní, toscas comedias, enteraban el programa, todo ello rematado por general comilona al aire libre, bajo las galerías que rodeaban la plaza.
La procesión del Corpus era especialmente suntuosa. El oficiante recorría la plaza, deteniéndose en multitud de sitiales, bajo cuyos camones de follaje aleteaban pájaros de los más brillantes colores, sirviéndoles también de adorno vistosos peces conservados en diminutas canoas. Los acólitos iban sembrando el piso con granos de maíz tostado, que imitaban blancas florecillas, y la dulzura del ambiente, que perfumaba el naranjal cercano, imprimía un sello de tierna unción á la fiesta.
Pero el carácter pueril de esa devoción resaltaba en todo, hasta en las iglesias, más suntuosas que sólidas; trabadas generalmente con barro, pero profusas de campanas, de imágenes, de dorados y de cirios. Baste saber que sólo en las últimas construidas después de siglo y medio de dominio, se empleó argamasa para asentar los sillares.
La conquista no fué, sin embargo, enteramente pacífica, aunque presentó desde luego un notable contraste con los excesos laicos. También los PP. redujeron por la fuerza algunas tribus; pero su método preferente era la seducción. Empezaban por no exigir sino el bautismo, sabiendo que en cuanto los indios cedieran algo, acabarían por otorgarlo todo.
Á pesar de su dulzura, la mayor parte de las tribus quedó sin reducirse, sin que esto sea imputable á falta de tiempo, pues en el momento de la expulsión, los habitantes habían disminuido.
El sistema social vigente en las reducciones, fué el mismo de la Compañía; aunque sin duda facilitó su implantación, la mita con sus escasas tareas y la organización comunista de algunas tribus.
Tuvieron las reducciones su cacique cada una y sus autoridades á la española, pero todo aquello fué nominal. De hecho no había otra autoridad que los PP., y todos esos alcaldes, corregidores y alféreces, jamás pasaron de una decoración política, sin la más mínima autoridad efectiva.