Escasas fueron las represalias, contándose en total cinco asesinatos de misioneros: los padres González, Mendoza, Castañares, Castillo y Rodríguez.[61] Las leyendas milagrosas pulularon en torno de estos sucesos. Decíase que el corazón del P. González había hablado desde su fosa, y que el fuego se negó á consumir su cuerpo. El celo de los misioneros se avivó con esto, habiendo algunos que, en su lecho de muerte, lamentaban no haber recibido el martirio.
Pero la masa cedió en todas partes con notable docilidad, aunque no creo, como sostienen los escritores clericales, que fué organizada por los jesuítas en la única forma posible, dadas sus condiciones morales.
Se ha pretendido, en efecto, que el comunismo estaba requerido por su naturaleza ociosa é imprevisora; el aislamiento, por su variabilidad que constantemente la exponía á intentar aventuras fuera del patrocinio jesuítico; la adopción exclusiva de su idioma, porque no toleraba el español. Será así; pero el caso es que no hay indicio de un solo ensayo contradictorio, útil por demás, si no se quería hacer del indígena un incapaz en perenne tutela.
Mi opinión es que los PP., tomando como base de organización social la de su propio instituto, que lógicamente les parecería la mejor, hicieron de las reducciones una gran «Compañía», en la cual no faltaban ni el comunismo reglamentario, ni el silencio característico. En los pueblos no se cantaba sino los días de precepto, y hasta los juegos de los niños carecían de espontaneidad. Todo estaba reglado á son de campana, y á la voluntad exclusiva de los religiosos.
La evangelización se detuvo, en cuanto el éxito que aseguraban los privilegios concedidos por la Corona, y la fertilidad del país, determinaron el carácter profícuo de la empresa. El ideal místico cedió entonces el campo al económico, por más que continuara influyendo con su prestigio ya probado, al éxito de este último. Entonces, toda la actividad de aquellas factorías religiosas se consagró á buscar la salida marítima, que la conquista laica había intentado con la expedición de Chaves, por el Mamoré y el Marañón. En este propósito iba á experimentar su primer revés.
Algunos deportados lusitanos y piratas holandeses, habían fundado en la provincia brasileña de San Pablo, una especie de colonia libertaria, que se mantenía explotando á su guisa el trabajo de los indios. El choque era inevitable entre aquellas dos fuerzas que iban hacia el mismo fin, usando medios de todo punto opuestos. Eran el self made man de un tipo, contra el de otro antagónico, y se disputaron la supremacía con encarnizamiento mortal.
La humanidad y la civilización tienen que estar con los jesuítas en esa lucha, pues ellos representaban la defensa del débil contra semejantes hordas de facinerosos sin ley; mas el problema que aquélla implica, no es solamente sentimental. Reside ante todo en la desigual condición que creaba á los «paulistas» el privilegio jesuítico, con sus exenciones contributivas, y la intervención del gobierno para poner bajo tal influjo á los indios.[62]
Tremenda fué su invasión de la Guayra. Entraron á sangre y fuego, con ánimo de arrasar para siempre el foco rival, y lo ejecutaron casi sin oposición. Aquella soldadesca sugería horrores salvajes con su desarrapada masa, su armamento irregular hasta lo monstruoso, sus morriones de cuero crudo y sus corazas de algodón.[63]
Lleváronse de calle toda resistencia, maltratando á los jesuítas que procuraron detenerlos, y aun asesinándolos, como al P. Arias. Ni los ornamentos sagrados con que los encontraban revestidos, eran poderosos á contenerlos. Saquearon y profanaron lo mismo los hogares que las iglesias. Á un tiempo destruyeron las reducciones de la Guayra y del Tape; mas como toda montonera, carecieron de constancia, y hartos de botín no pensaron sino en gozarlo. Á esto debieron los PP. la relativa eficacia de su retirada.
No obstante, el golpe fué espantoso. Los montes quedaron llenos de niños y de moribundos, que se rezagaban del rebaño de esclavos conducido en insolente triunfo. Á sesenta mil lo hacen llegar los jesuítas contemporáneos. En vano el P. Maceta se trasladó al Brasil en demanda de justicia. No la había contra los montoneros enriquecidos que ya empezaban á hablar de un nuevo ataque. Aquél no tuvo otro recurso que regresar, para evitarlo con la fuga, decidiéndose en consecuencia el abandono de las trece reducciones guayranas.