Bajo las órdenes del P. Montoya, doce mil personas, con setecientas barcas, se movieron aguas abajo del Paraná, en dirección al actual territorio de Misiones. Memorables fueron aquellas jornadas por sus peripecias trágicas, como el destrozo de las canoas en las rompientes de la gran catarata, y la peste que azotó á los expedicionarios. Éstos hasta debieron suspender su viaje, durante toda una estación, mientras sembraban y recogían lo necesario para mantenerse; y si algo resalta con admirables caracteres en ese éxodo colosal, es la figura del P. Montoya, apóstol digno de la epopeya por su heroísmo y por su genio.

Las orillas del Yababirí, adonde arribaron por último los emigrados, sustentaban diez reducciones desde 1611. Allá fueron acogidos, empezando recién con su establecimiento la existencia firme del núcleo central del Imperio, y las fundaciones definitivas que, andando el tiempo, serían los treinta y tres pueblos célebres. Las trece primeras recibieron los mismos nombres que las abandonadas de la Guayra, estribando en esto, sin duda, los errores cronológicos de Azara y de sus secuaces.

Así, pues, el centro del Imperio se había desplazado; pero aquellos hombres, con un tesón digno seguramente del triunfo, no abandonaron su proyecto.

Treinta años después, florecía ya vigorosa la conquista espiritual en el nuevo territorio, á través del cual, y dominando ambas márgenes del Uruguay, penetraba otra vez por el Brasil cuya costa buscaría, sin perder su objetivo, á la altura de Porto Alegre.

Una vez reorganizada, su rendimiento fué más que satisfactorio, como va á verse; aunque resulte tan exagerado atribuirle un carácter comercial exclusivo, como negárselo del todo. En realidad, los PP. no tenían por qué rehusar un justo provecho, con mayor razón cuando no era para su enriquecimiento personal.

Los escritores clericales se han empeñado en demostrar, exagerando á mi ver su objeto, que los indios andaban muy livianos de trabajo con aquel régimen, disfrutando, mejor dicho, de un ocio disimulado. No lo indica así el rápido progreso de las Misiones, donde los PP. eran además muy pocos (dos comúnmente en cada una) para que su trabajo personal influyera. Si la dificultad está en conjeturar el paradero de sus saldos favorables, yo no la veo. Al fin, aquélla era una obra humana, y no me parece que se desluzca por un éxito más, como sería el industrial. Su producto amonedado, iría naturalmente á poder del generalato, invirtiéndose en bien de la orden y de la religión; porque en cuanto á existir utilidad, ella es evidente.[64]

Una estricta economía imperaba en las reducciones. Todos los productos eran almacenados, proveyendo los PP. á la manutención de cada una, con la administración de los depósitos, y enviando el resto á Buenos Aires, de donde volvían en retorno efectos de consumo y ornamentos, previa deducción del tributo eclesiástico y civil.

Pero las necesidades de la población no eran grandes. Como tejidos, usaba exclusivamente el algodón, producido y labrado allá mismo, y andaba toda descalza. Su alimentación era también producto de la tierra, con la excepción única de la sal, que se importaba; sus viviendas no requerían ningún material extranjero; armas y pólvora, allá se fabricaban; lujo, no existía, pues la vida era para todos reglamentariamente igual, y en cuanto á los objetos del culto, éstos, por su propio destino, exigen pocas reposiciones.

Ahora bien, solamente los yerbales de los siete pueblos situados en la margen izquierda del Uruguay, estaban estimados en un millón de pesos; los algodonales eran vastísimos; las dehesas muy pobladas; la industria daba para exportar tejidos y artefactos á las comarcas limítrofes. Las reducciones producían, pues, mucho más de lo que gastaban.

Doblas, que las conoció ya en decadencia, hizo un cálculo de los gastos y recursos cuyo promedio podía atribuirse á cada pueblo, y esto será mi base para estimar la producción total, no sólo porque se trata de datos oficiales en los que no cabe suponer exageración, pues ella habría redundado en todo caso contra su autor,[65] sino porque éste era más bien amigo de los jesuítas.