El monopolio jesuítico era absoluto, pues en las reducciones no circulaba moneda alguna.[69] Como, por otra parte, la entrada de comerciantes en ellas se hacía casi imposible, pues de las treinta y tres sólo podían comerciar libremente seis, en la margen derecha del Paraná, los PP. eran los únicos exportadores; naciendo de aquí su interés, así en dominar los dos ríos, como en tener por suya la salida al Océano.

Se ha dicho que el comunismo aquél, constituía la felicidad misma, al no admitir pobres ni ricos; y ello resultara discutible, de haber sido los indios sus propios administradores. Pero bajo la tutela absoluta de los PP., quienes disponían sin limitación de las ganancias, aquello no fué otra cosa que un imperio teocrático, en el cual todos eran pobres realmente, excepto los amos.

Ni la comida tenían suya, como éstos no se la concedieran; el vestido era un uniforme sumamente ligero: calzón, camisa y gorro de algodón para los hombres; para las mujeres un tipoy de la misma sustancia—y ya dije que todos iban descalzos. La alimentación, casi enteramente vegetal, era un ordinario de mote y mandioca, bueno y abundante.

En todo se mostraba la disciplina monástica, á la cual concurrió con eficacia el aislamiento. Desde el territorio, arcifinio como era, hasta el idioma indígena, conservado con exclusión rigurosa del español, las circunstancias convergían al mismo fin. La salida marítima, tan empeñosamente buscada, tenía, fuera de su importancia comercial, un objeto idéntico.

Buenos Aires formaba un escollo permanente al propósito teocrático, por el espíritu liberal que le venía de sus relaciones con el comercio hereje y por el contrabando de libros prohibidos; siendo por otra parte los jesuítas, la más pequeña de las comunidades. Evitarlo, formaba parte del proyecto general, con más que así escapaban al control de la autoridad civil.[70]

Aquel poderío en aquel aislamiento, dió al Imperio una existencia indiscutible en el hecho, bien que políticamente formara parte de la monarquía española. El único obstáculo á la autonomía, hubiera sido el gobierno aquél; pero como los jesuítas le realizaban aquí su ideal del Imperio Cristiano, lejos de impedírselo los incitaba más cada vez. Y de tal modo era estrecha esta relación, que el auge de las Misiones empezó coincidiendo con una idea dominante del monarca, perfectamente clara como indicio sincrónico: el dogma de la Inmaculada Concepción, ideal teológico de los jesuítas.

El Superior de las reducciones era nombrado directamente desde Roma por el general de la Compañía, con entera independencia de la iglesia local. Residía en Yapeyú, con todas las potestades de un obispo, pues hasta facultado estaba para administrar la confirmación. El obispo Cárdenas, y Antequera, para no recordar sino los conflictos más célebres, experimentaron el poder de los PP., siendo echado de las reducciones el primero y malogrado así su objeto de fiscalizarlas; en tanto que el segundo, dejó la cabeza en la demanda. Pero debe agregarse que la orden no perdió en su aislamiento discrecional la disciplina característica. Castos y sobrios, sus miembros predicaban con el ejemplo. Su tendencia estudiosa no se relajó al contacto enervante de la selva, residiendo ante todo su prestigio en el talento y en la virtud.

Uno de ellos, el P. Suárez, cosmógrafo distinguido, se construyó por su propia mano los instrumentos más necesarios de su ciencia: anteojos hasta de cinco pies, y un reloj astronómico, que marino tan competente como Alvear, tuvo por obra notable.[71]

Hay todavía restos de cuadrantes solares en los pueblos jesuíticos. Puedo mencionar entre otros, uno restaurado de San Javier; otro bastante destruido en Concepción, pues el cubo donde está trazado lo picaron á cincel en busca de tesoros; y uno en la iglesia de Jesús (Paraguay) que los jesuítas dejaron inconclusa. Estaba dedicado, sin duda, á regular el trabajo de los constructores, pues para trazarlo se había revocado provisoriamente un pedazo de pared, donde iba á servir ínterin se llegaba á cerrar la bóveda.

Varias imprentas editaban libros religiosos, teniéndose noticias de cinco, que fueron instaladas en San Miguel, Santa María, San Javier, Loreto y Corpus, á no ser que se tratara de un mismo taller translaticio, como creen otros y me parece más probable. El carácter de sus impresiones, como podrá verlo el lector, no difería del dominante en aquella época. Mis ilustraciones proceden de la Historia y Bibliografía de la Imprenta en la América Española por José T. Medina, obra que me señaló como lo mejor para mi objeto, el director de nuestra Biblioteca Nacional, señor P. Groussac, cuya cortesía agradezco de paso; ambas reproducen facsímiles del célebre libro místico del P. Juan Eusebio Nieremberg, De la diferencia entre lo Temporal y Eterno, etc., traducido al guaraní por el S. J. José Serrano. El texto pertenece á la primera página,[72] y la lámina, una de las cuarenta y cuatro que lo ilustraban, á la 96; habiéndolos preferido, por tratarse de la obra tipográfica más considerable que produjeron las imprentas de las reducciones en su corto funcionamiento. Éste apenas alcanzó, en efecto, á veintidós años (de 1705 á 1727) sin que se sepa á ciencia cierta por qué fueron suspendidas las publicaciones; pero el ya citado Semanario de un Siglo, que el P. Suárez editó en Barcelona en 1752, demuestra que, por esta época, ya no había imprentas en las Misiones. Poco dado á las novedades sin objeto, he preferido una modesta reproducción de aquellos trabajos, con tal que ella presente al lector el mejor ejemplar posible.