Zavala nombró gobernador del Paraguay á don Martín de Barúa, poniendo en libertad á Reyes, quien era tan antipático al pueblo, que por consejo de los mismos jesuítas permaneció recluido en su casa.

Pero Barúa resultó amigo de los revolucionarios, y desobedeció, siempre con el carácter de aplazamiento suplicatorio que ya conocemos, una orden del virrey para que restableciera á los jesuítas. El Cabildo hizo lo propio con otra de la Audiencia, que empezaba ya á reaccionar en sentido absolutista. Barúa había contado con la aquiescencia de su sucesor, Aldunate, contrario también á los PP.; pero éstos eran tan poderosos, que hicieron anular el nombramiento del último; siendo al fin restablecidos con gran aparato, por orden expresa del virrey.

Del convento de franciscanos de Córdoba, donde se refugiara, Antequera, cuya cabeza había puesto á precio de cuatro mil pesos el virrey, huyó nuevamente hacia Charcas donde esperaba hallar apoyo en la Audiencia; pero este tribunal tratóle en vez como á reo, y le envió cargado de grillos á Potosí, que no fué sino su penúltima etapa hasta la cárcel de Lima, donde dió al fin en 1726. Su dramática empresa había durado cinco años.

El espíritu revolucionario permanecía vivo, sin embargo, en el Paraguay.

Antequera había trabado conocimiento en la cárcel con don Fernando Mompó,[91] quien llegó á exaltarse de tal modo por sus principios y desventuras, que huyendo de la prisión se trasladó al Paraguay en misión revolucionaria.

Su elocuencia tribunicia sublevó de nuevo los ánimos; su pensamiento, más audaz ó maduro que el de Antequera, proclamó resueltamente la prioridad del municipio sobre toda otra soberanía, dando por primera vez razón definida al nombre de «Comuneros» con que se distinguían los revolucionarios; pero padeció del mismo error que todos éstos; no vió la inutilidad de una revolución cuya consecuencia fatal era el separatismo, por otra parte imposible en el aislamiento local. Lo que constituyó el éxito de la revolución emancipadora de 1810, lo que vieron tan claramente sus caudillos, quizá aleccionados por este fracaso comunero, es decir, la expansión inmediata, faltó enteramente en el Paraguay.

Pero la sublevación fué gravísima. El nuevo gobernador, Sordeta, pariente del virrey, fué desconocido por el Cabildo y por el pueblo, en nombre, no ya del derecho de súplica, sino de la soberanía comunal. Intimáronle el inmediato abandono de la provincia, lo que ejecutó al punto, eligiendo entonces el pueblo una junta gubernativa cuyo presidente recibió el nombre de presidente de la provincia del Paraguay.

La revolución no tenía suerte en sus designaciones. Don José Luis Barreyro, que fué el elegido, no pensó sino en traicionarla. Apoderóse, pues, de Mompó arteramente, enviándole á Buenos Aires, donde fué encarcelado y procesado por Zavala. Remitido al Perú, se fugó en Mendoza, consiguiendo desde allá pasar al Brasil.

Barreyro experimentó muy luego las consecuencias de su felonía. Perseguido por el pueblo, que hubo de sublevarse contra él al conocer la suerte de Mompó, vióse precisado á huir, refugiándose en las Misiones, siempre hostiles á la revolución comunera.