Me dicen que se voló

Con no sé qué gavilán,

Sin duda a buscar el pan

Que no podía darle yo.

De tal modo es clara su noción de justicia. El mismo golpe rudísimo de aquel adulterio que ni la deshonra le merma, no alcanza a suprimirla. Hombre ante todo, y por ello héroe más perfecto, no se le ocurre exigir, como a los apasionados de la tragedia preceptista, una fidelidad atroz. Compadece, por el contrario, a la infeliz, y ni siquiera le perdona, porque, en su miseria, no ha podido ofenderlo.

Qué más iba a hacer la pobre

Para no morirse de hambre

añade luego en ese lenguaje vulgar del dolor, que salido directamente del corazón, constituye la suprema elocuencia. Eskilo en Los Persas, tiene dos soliloquios formados de puros ayes [63]. El estribillo del baile criollo denominado El Llanto, canta a su vez:

¡Ay, ay, ay, ay, ay!

Dejame llorar,