En su prólogo a la segunda parte del poema, dice Hernández que ella se llama La vuelta de Martín Fierro, porque este nombre le dió el público mucho antes de haber él pensado en escribirla. Es la historia de muchas segundas partes en los libros de aventuras que alcanzan la gran popularidad. Y la de Martín Fierro había sido enorme: once ediciones en seis años, con cuarenta y ocho mil ejemplares. Ningún libro argentino obtuvo antes ni después un éxito parecido; y ya he dicho que, al presente, sólo pueden comparársele las grandes tiradas de Europa donde se cuenta con millones de lectores.
Semejante revelación, a buen seguro inesperada, influyó por suerte nuestra en el ánimo del autor, y La vuelta de Martín Fierro completó de una manera definitiva su empresa.
La verdad es que él mismo no se había conformado con las despedidas eternas, diciendo al final de la primera parte:
Y siguiendo el fiel del rumbo
Se entraron en el disierto;
No sé si los habrán muerto,
En alguna correría;
Mas espero que algún día
Sabré de ellos algo cierto.
Y Martín Fierro volvió, pero ya viejo y aleccionado por aventuras terribles. El poema iba a ser, ahora, una descripción en grandes cuadros, efectuada por diversos protagonistas, bien que con la misma vivacidad pintoresca y abundancia de poesía natural. Esto requería, desde luego, mayor extensión; pero como el interés y la variedad de dichos relatos son mucho mayores, apenas se nota aquella circunstancia.