Como potrillito zarco.
Rimas en arco, no posee el idioma sino siete de buena ley. Las otras son palabras desusadas, nombres propios, verbos o términos compuestos. En éste, nueve tan sólo, y todas ellas resultan de aproximación muy difícil. La estrofa es, sin embargo, de una perfecta fluidez, y en su nítida sobriedad, condensa un poema: la criatura que recuerda el barco donde vino con sus padres en busca de mejor suerte; su bárbaro martirio; la imagen original y pintoresca de los ojos, tan conmovedores en el ahogado; la dulzura infantil del potrillito, que revela con tan tierna compasión la inocencia del niño y el alma del héroe. Así se enternece el hombre valeroso, y así brota natural la poesía en esa comparación de verdadero gaucho. Lo que más debía llamar su atención, y con ella la imagen, eran los ojos celestes del europeo.
El tono heroico y la onomatopeya que es don excelso de poeta cuando le sale natural, como a Homero y como a Virgilio, resaltan en esta otra estrofa de rima difícil, aun cuando sea defectuosa por la mezcla de asonantes y consonantes:
Yo me le senté al del pampa,
Era un escuro tapao.
Cuando me veo bien montao,
De mis casillas me salgo;
Y era un pingo como galgo,
Que sabía correr boliao.
Las palabras pingo y galgo sugieren el salto elástico del arranque. El cambio de acentuación del último verso, todavía reforzado por la violenta diptongación de su primer verbo, recuerda el galope a remesones del animal trabado. Adviértase, también, que sin la terminación defectuosa de la última voz—boliao—el efecto no se produciría. Y de esta suerte, también, resulta ennoblecido el lenguaje gaucho.