El vehículo de que esos espíritus lunares se valieron para venir á la Tierra, fué el cono de sombra que ésta proyecta sobre la luna, y que durante los eclipses nos trae exhalaciones maléficas de aquel astro; pues siendo él un cadáver, no ha de exhalar vida naturalmente. Esto explica la tradición en cuya virtud los chinos y muchas otras gentes, alborotan durante los eclipses “para ahuyentar á los malos espíritus”.
El cono de sombra es tan objetivo para esas formas sutiles, como un chorro de agua ó una columna de humo; pues siendo la luz el más poderoso agente de eterización de la materia, donde ella falta, es decir donde hay sombra, la materia es más densa y puede servir de vehículo. Cuando se dice que la luz ahuyenta á los espectros, se expresa una verdad más grande de lo que parece; y cuando los “bárbaros” hacen ruido para producir un efecto igual, por estar la luna oculta, echan mano de un agente (el sonido) que según se ha visto es una fuerza primordial, pues es la que ordena los átomos en series armónicas. La luz y la música, son enemigas de la muerte.
Muchos errores había cometido el hombre, espíritu puro sin conciencia, en sus engendros de la animalidad, así como en los tanteos para adoptar su propia forma; y de este modo, sobre el glutinoso mar primitivo, iban formándose los monstruos (fracasos) cuya descendencia estudia nuestra paleontología.
Sobre un coágulo de temblorosa albúmina, aparecía de pronto un inmenso ojo azul; una pulida mano, que al carecer de huesos[45] era más tierna aún, surgía de la antena de un molusco monstruoso; peces con cara humana, copos de nácar fluido en cuyo centro latían con intermitente fosforescencia glándulas pineales; serpientes engendradas por el simple movimiento de las olas coloidales, y aniquiladas de pronto en una multitud de cabecitas de pájaro; membranas de colores esbozando en su tornasol complicaciones intestinales y vesículas natatorias...
Los espíritus de la luna trajeron al hombre su experiencia, es decir le dieron la percepción mental que puso orden en aquella confusión; pero esto no bastaba; requeríase aún la conciencia y la memoria para que aquel espíritu tuviera responsabilidad, ó sea para que se individualizara del todo, aprendiendo á causar su propio destino.
Entonces los espíritus solares se esparcieron por el planeta.
Iban á ayudar al hermano inferior en su obra, que la simple ley evolucionaría habría llevado á término; pero que por este acto, se adelantaba hacia la perfección, economizando edades[46]. Éste era un deber (como lo es todo acto caritativo) un deber de los espíritus solares; pero muchos de ellos no quisieron llenarlo, por no descender de su rango superior. Llegó un momento, sin embargo, en que la ley evolucionaría los impelió á cumplir como fatalidad lo que habían rehusado como deber[47]; y entonces debieron encarnarse en las mónadas que les tocaba animar; pero éstas, mientras tanto, habían seguido cometiendo errores, que refluyeron sobre los que habrían debido impedirlos animándolas, y es así cómo esas mónadas se encontraron retrasadas en su evolución.
Comprendiendo, entonces, que durante la vida de este globo no pueden alcanzar la perfección de los otros, continúan entregadas á la fatalidad, que es la transgresión del deber, es decir haciendo mal. El bien y el mal, las diferencias de calidad, de inteligencia, etc., en los hombres, quedan así explicados en carácter de fenómenos lógicos y productos de la conciencia espiritual. Así es cómo, únicamente, el mal no viene á ser una forma del bien, según el conocido sofisma deísta; y cómo el dualismo de Dios y de Satanás, no es tampoco un imperativo categórico. Hay condenados por su culpa (por no haber animado voluntariamente las mónadas) pero su condenación no es eterna, sino respecto al ciclo de evolución de este planeta. Los que han preferido obrar como fuerza ciega, son las víctimas de la fatalidad[48].
Sólo falta por agregar ahora, que así como después de reingresar en la energía absoluta, el universo vuelve á ser materia, mundos y hombres hacen lo propio en ciclos equivalentes á la duración de sus vidas; y que de tal modo, la reencarnación humana resulta una ley racional y necesaria[49]. Necesaria sobre todo, si á los actos de su corta vida no han de corresponder, contra toda razón y toda justicia, eternidades de gloria ó de tormento. Una sola es la ley de la vida, lo mismo para el insecto que para la estrella[50].
NOTAS: