»Aquel que, revestido de hábitos pontificales, va cubierto con el sagrado capelo cardenalicio, es el liberal, magnánimo y sublime Hipólito, gran cardenal del Colegio romano, cuyos hechos darán sobrado asunto para ser celebrados tanto en prosa como en verso, en todos los idiomas conocidos; y en cuya edad florida querrá el cielo que haya un Maron[23], como lo tuvo la edad de Augusto. Así como el Sol, con su fulgente resplandor ilumina al mundo mucho más que la Luna y las estrellas, ese será el esplendoroso astro que más brille entre todos los de su estirpe. Véole salir á campaña triste y con muy pocos guerreros, y regresar en triunfo, despues de haber apresado en las costas de sus dominios quince grandes galeras, además de otras mil embarcaciones menores[24].
»Repara en los dos Sigismundos, y en Alfonso con sus cinco hijos, cuya fama, atravesando montes y mares, llenará el mundo. Uno de ellos es Hércules II, yerno del rey de Francia; el otro, (pues á todos debes conocerlos), es Hipólito, que tan célebre como su tio, no desdecirá de su brillante prosapia. El tercero es Francisco, y los dos restantes se llaman Alfonsos.
»Si, como te he dicho antes y repito ahora, hubiera de designarte uno á uno á todos tus descendientes por cuyo valor y mérito tanta elevacion alcanzará tu estirpe, tendería la noche su denso velo y apareceria la aurora muchas veces antes de que yo hubiera dado fin á mi tarea: por lo cual, si convienes en ello, será ya tiempo de que permita á las sombras retirarse y de que yo guarde silencio.»
Diciendo esto, y mediante el beneplácito de la doncella, cerró su libro la docta encantadora, y en el acto desaparecieron precipitadamente aquellos espíritus por el sepulcro de Merlin. Entonces Bradamante, comprendiendo que ya podia hablar sin cortar á su interlocutora el hilo de su narracion, le preguntó:
—¿Y quiénes son aquellos dos de aspecto triste que hemos visto entre Hipólito y Alfonso? Se adelantaban suspirando, y tenian los ojos bajos y como privados de movimiento, mientras que sus hermanos se mantenian apartados de ellos cual si desdeñáran su compañia[25].
Al oir esta pregunta, alteróse el semblante de la Maga, y rompiendo en llanto, exclamó:
—¡Ah infortunados! ¡A qué abismo os arrastrarán los incesantes consejos de hombres perversos! ¡Oh estirpe generosa, digna del eminente Hércules! no mancharán el brillo de tu excelencia las faltas de aquellos dos. Por las venas de ambos circulará, sin embargo, tu sangre: ceda, pues, la justicia á la piedad.
Despues añadió en voz mas baja: