»¡Cuán preferible le habria parecido la duda, si hubiese reflexionado en el dolor que debia causarle la realidad! Despues de haber procurado infructuosamente por medio de súplicas y de regalos que la nodriza le revelase la verdad, y al ver que no tocaba cuerda que no despidiese un sonido falso, resolvió esperar prudentemente á que se deslizase la discordia entre ellas, sabiendo que donde hay mujeres, nunca faltan riñas y pendencias. Y en efecto, no tardó en suceder lo que esperaba: á la primera disputa que aquellas tuvieron, fué la nodriza espontáneamente á contárselo todo sin ocultar el más insignificante detalle.
»Seria largo de contar lo que pasó entonces en el corazon y en la consternada mente del desdichado Juez; baste decir que su dolor fué tan intenso, que estuvo á punto de perder el juicio. Dominado por la cólera, se preparó á morir, pero despues de haber muerto á su criminal esposa; queria que la sangre de entrambos, derramada por el mismo puñal, lavase la afrenta de aquella y pusiera fin á su tormento. Regresó, pues, á la ciudad, impulsado por sus ciegos y furibundos designios, y desde ella envió al campo á uno de sus más fieles criados, á quien dió préviamente las órdenes más terminantes. Le mandó que pasara á ver á su mujer Argía, y le dijese de su parte, que estaba atacado de una fiebre tan violenta, que difícilmente podria encontrarle vivo, por lo cual, sin esperar más compañía, deberia apresurarse á venir con él, si conservaba algun cariño hácia su esposo; y como estaba seguro de que se pondria en marcha sin replicar una palabra, previno al criado que en el camino le cortara la cabeza.
»El enviado acudió inmediatamente en busca de su señora para cumplir las prescripciones de su amo. Argía montó á caballo y emprendió acto contínuo la marcha, despues de coger su perrito, el cual la habia ya avisado del peligro que corria, aconsejándole, sin embargo, que á pesar de él, no suspendiese su viaje, puesto que ya lo tenia todo previsto y calculado para que no careciese de auxilio en el momento oportuno. El criado se habia apartado del camino, y atravesando muchas sendas extraviadas, llegó intencionalmente á la orilla de un rio que, bajando de los Apeninos, desemboca en este que, surcamos, y corria por un bosque espeso, oscuro y muy apartado de las ciudades y las aldeas.
»Parecióle aquel sitio el más solitario y á propósito para desempeñar la criminal mision que se le habia confiado, y desenvainando la espada, participó á Argía cuanto su señor le encargaba, previniéndole por consiguiente, que antes de morir pidiese á Dios perdon de todas sus faltas. No podré decirte cómo se ocultó la dama; pero lo cierto es que cuando el criado fué á herirla, desapareció de su vista, y á pesar de haberla buscado cuidadosamente por todas las inmediaciones, no pudo dar con ella, quedando burlado. Regresó al lado de su señor, avergonzado, confuso, absorto y aterrado, y le refirió aquella extraña aventura, de la que no podia darse cuenta. Anselmo ignoraba que su mujer estuviese protegida por la hada Manto; pues la nodriza, al descubrirlo todo, le habia ocultado esta circunstancia, no sé por qué motivo.
»Al ver que no habia podido vengar su afrentoso ultraje ni mitigado su pena, no sabia qué nueva resolucion tomar: lo que antes era una débil paja, se habia convertido ahora en una enorme viga, cuyo peso oprimia horriblemente su corazon: temia que llegara á oidos de todo el mundo la noticia de su deshonra, conocida hasta entonces de unos pocos; y así como antes podia ocultarla, su frustrada tentativa de venganza daria lugar á que en breve circulara por todas partes. Harto comprendia que su esposa, despues de conocer sus pérfidas intenciones, haria lo posible por romper los lazos que á él la unian, entregándose en manos de algun señor poderoso que la conservara en su poder con ostensible menosprecio y vergüenza de su marido, ó yendo tal vez á parar á manos de alguno que fuese bastante infame para explotar su belleza. Para prevenir semejante desgracia, despachó mensajeros en todas direcciones con encargo de buscarla, los cuales hicieron las más minuciosas pesquisas por toda Lombardia, sin dejar de reconocer una sola aldea. El mismo Anselmo salió en persona á registrar todo el país, sin que quedase rincon que no visitara ó mandara explorar, pero no pudo adquirir el menor indicio que le pusiera sobre las huellas de su esposa.
»Al fin llamó á aquel servidor, á quien habia encargado la criminal accion que quedó sin efecto, é hizo que le condujera al mismo sitio en que Argía desapareció de su vista, sospechando que tal vez se ocultara durante el dia entre los matorrales y pasara las noches en alguna cabaña. El criado le condujo adonde esperaba encontrar la oscura selva, pero en su lugar halló un gran palacio.
»Mientras Anselmo practicaba las indagaciones de que me he ocupado, la hada habia construido de improviso y por encanto, á ruegos de Argía, un palacio de alabastro, enriquecido por dentro y por fuera con multitud de adornos de oro. No es posible expresar, ni imaginar siquiera, la riqueza que encerraba aquel edificio, ni su belleza arquitectónica. El palacio de mi amo, que tan magnífico te pareció anoche, seria á su lado una humilde choza. Los tapices más ricos, los cortinajes de más admirable tejido y de distintas formas adornaban profusamente, no solo los salones, las cámaras y las galerías, sino tambien las caballerizas y bodegas. Veíanse por do quiera innumerables jarrones de oro y de plata; piedras preciosas azules, rojas y verdes, talladas de modo que servian de platos, copas y jarros, y una extraordinaria abundancia de telas de seda y oro.
»Como iba diciendo, el Juez tropezó con aquel palacio, cuando no pensaba encontrar ni una cabaña, y sí tan solo el bosque desierto y solitario. Quedóse tan asombrado de lo que veia, que se creyó juguete de una ilusion engañadora: no sabia si estaba ébrio, si soñaba ó si habia perdido la razon. Vió en la puerta principal del palacio un etíope de nariz y lábios abultados, y rostro tan hediondo y desagradable, como no recordaba haber contemplado otro en toda su vida: su aspecto, parecido al de Esopo, segun nos le pintan, seria capaz de entristecer al Paraiso, si en él estuviera: su traje era súcio y andrajoso como el de un mendigo: en fin, por más que diga, no podré dar una idea aproximada de su repugnante fealdad.
»Como Anselmo no veia por allí más ser viviente que el etíope á quien pudiera dirijirse, se le acercó preguntándole el nombre del dueño de tan suntuoso edificio.—«Este palacio es mio,»—contestó el interpelado. Anselmo estaba seguro de que el negro se burlaba de él, ocultándole la verdad; pero este le afirmó bajo juramento que el palacio era suyo, y que nadie podia disputarle su posesion; en prueba de lo cual, le brindó á que entrara á visitarle, si en ello tenia gusto, y que lo recorriera á su placer, añadiendo que si en él veia alguna cosa que le agradara para sí ó para sus amigos, podia desde luego quedarse con ella. Anselmo entregó las riendas del caballo á su criado, se apeó al umbral de la puerta y fué recorriendo las diferentes salas y cámaras, y examinando con prolija atencion los departamentos inferiores y superiores del palacio. Contemplaba asombrado la forma, el buen gusto y la situacion del edificio, así como sus ricos y acabados adornos y la suntuosidad de sus muebles, dejando escapar con frecuencia estas palabras:
—»Todo el oro que existe en la Tierra no seria suficiente para pagar una morada tan espléndida.