»El asqueroso moro le contestó:
—»No es absolutamente imposible adquirirla, y si no á cambio de oro ó plata, puede sin embargo pagarse con una cosa que no cuesta tanto.
»Y en seguida le hizo una proposicion semejante á la que Adonio dirigió á Argía. Al oir Anselmo una propuesta tan súcia y repugnante, trató al etíope de hombre bestial é insensato, y rechazó con energía por tres ó cuatro veces sus instancias; pero el negro no cejó á pesar de las terminantes negativas del Juez, y renovó con tanta perseverancia sus ruegos, y tales medios de seduccion empleó, ofreciéndole siempre en recompensa el maravilloso palacio, que al fin le redujo á acceder á sus desenfrenados propósitos. Argía que estaba oculta cerca de allí, se presentó de improviso en el momento en que su marido incurria en una falta parecida á la suya, y le dijo con penetrante voz:
—»¡Oh espectáculo digno de un doctor tenido por sábio!
»Juzga, señor, cuál seria la vergüenza y la confusion de Anselmo al verse sorprendido en medio de su depravada y repugnante accion: en aquel momento hubiera deseado que la Tierra se abriese para precipitarse en sus entrañas. Argía, á fin de atenuar su propia falta y aumentar la vergüenza de su marido, empezó á dirigirle las más amargas reconvenciones, gritándole:
—»¿Qué castigo mereces por lo que te he visto hacer con un hombre tan soez, cuando por haberme dejado llevar de una pasion natural quisiste darme la muerte, á pesar de que yo cedí á los ruegos de un amante hermoso y gentil, que me habia ofrecido un presente á cuyo lado nada vale este palacio? Si entonces me consideraste acreedora de una muerte, debes conocer que ahora te has hecho digno de ciento. Sin embargo, aunque en este recinto mis facultades son tales que puedo hacer contigo lo que se me antoje, no pretendo vengarme más cruelmente de tu perfidia. Iguala el debe y el haber, esposo mio, y perdóname, como yo te perdono. Hagamos las paces, bajo la condicion de que olvidaremos nuestras mútuas culpas y de que jamás nos echaremos en cara nuestro pasado error.
»El marido aceptó con gusto este pacto, y se apresuró á perdonar á su mujer; restablecióse la paz y la concordia entre ambos esposos, y desde entonces vivieron en la mejor armonía.»
Calló el remero, y Reinaldo no pudo menos de sonreirse al oir el final de su historia, aunque la accion vergonzosa del doctor tiñó de vivo rubor su rostro: alabó, sin embargo, la determinacion de Argía, que supo atraer á su marido á la misma red en que ella habia caido, aunque no de un modo tan grosero como él.
Cuando el Sol estuvo algo adelantado en su carrera, el Paladin hizo que le sirvieran algunos de los manjares de que el galante Mantuano le habia provisto abundantemente la noche anterior. Huia entre tanto á su derecha un país delicioso, y á su izquierda la inmensa laguna: apareció y desapareció en seguida Argenta y su territorio, así como la playa donde el Santerno desemboca.
Creo que entonces no estaba aun construida la fortaleza de la Bastia, de cuya conquista no pudieron envanecerse mucho las tropas de España, y que tan abundantes lágrimas hizo derramar á los romañoles. Desde allí dirigieron la embarcacion en filo á la margen derecha del rio, cuyas aguas surcaba como si volara por ellas, y entraron despues en un lago tranquilo, que los condujo hácia el Sur cerca de Rávena. Aunque Reinaldo solia estar con frecuencia escaso de dinero, no obstante, á la sazon tuvo el suficiente para dar una buena propina á los remeros antes de que le dejasen en tierra.