Mudando guias y caballos, pasó aquella misma noche por Rímini; no quiso detenerse á pernoctar en Montefiore, y casi al romper el dia llegó á Urbino. Aun no existian en esta ciudad ni Federico, ni Isabel, ni el buen Guido, ni Francisco Maria, ni Leonor[173], cuya afable y sencilla solicitud habria sabido decidir sin duda á tan famoso guerrero á aceptar durante algunos dias la generosa hospitalidad, que ha tanto tiempo vienen ofreciendo á cuantas damas y caballeros pasan por su corte. Como nadie le detuvo en su marcha, siguió Reinaldo hasta Cagli por el camino más recto; atravesó el Apenino por el monte que cruzan el Metauro y el Gauno[174], dejándolo á la izquierda; pasó por la Umbría y el país de los Etruscos, y descansó en Roma: desde esta gran ciudad se encaminó al puerto de Ostia, y embarcándose allí, se trasladó por mar á la ciudad en que el piadoso Eneas dió sepultura á los restos de su padre Anquises[175].

En dicha ciudad cambió de bajel, y sin pérdida de momento bogó en demanda de la pequeña isla de Lampedusa, que habian elegido para teatro de su lucha Orlando y los otros cinco combatientes. Reinaldo no cesaba de excitar al piloto, el cual aceleraba cuanto podia la marcha del buque, haciendo fuerza de vela y remo; pero los vientos contrarios, harto impetuosos por desgracia, no le permitieron llegar con la oportunidad deseada.

Desembarcó en el momento en que el príncipe de Anglante acababa de dar cima á su empresa, tan útil como gloriosa, arrancando la vida á Gradasso y Agramante, por más que la victoria le costó cara. En aquel combate habia perecido el hijo de Monodante, y Olivero yacia tendido en la arena, sufriendo vivos dolores á consecuencia de su caida, que le dislocó gravemente un pié. El Conde no pudo menos de derramar abundantes lágrimas al abrazar á Reinaldo y al participarle la muerte de Brandimarte, que le habia amado con tanto desinterés y firmeza. Otro tanto sucedió al señor de Montalban cuando vió á su desgraciado amigo con la cabeza horriblemente dividida por el acero de Gradasso: en seguida corrió á abrazar á Olivero, que continuaba en tierra á consecuencia de la dislocacion de su pié, é hizo cuanto le fué posible para consolarle, aunque por su parte tambien necesitaba consuelos por el pesar que le causaba el haber llegado á participar del banquete cuando ya estaban levantados los manteles.

Los escuderos transportaron los cadáveres de Gradasso y Agramante á la destruida ciudad de Biserta, entre cuyas ruinas les dieron ignorada sepultura, y en seguida divulgaron el resultado del combate. Astolfo y Sansoneto supieron la victoria obtenida por Orlando, con suma alegría, turbada empero por la noticia de la muerte de Brandimarte. El triste fin del magnánimo guerrero debilitó de tal modo la expansion natural de su júbilo, que no pudieron impedir que en sus semblantes se retratara la tristeza. ¿Y quién de ellos se atreveria á llevar á Flor-de-Lis la noticia de tan inmensa desgracia?

Durante la noche que precedió á aquel dia, Flor-de-Lis habia visto en sueños la sobrevesta que tejió y bordó por su mano, para que Brandimarte se engalanara con ella, salpicada de gotas rojas á manera de lluvia tempestuosa; figurábase haberla recamado de aquel modo y sentia una gran afliccion, diciendo al parecer entre sí:—«¿Cómo es que habiéndome recomendado mi dulce dueño que fuera toda negra, la he recamado contra sus deseos de un modo tan extraño y raro?»—No pudo menos de ver en aquel sueño un presagio funesto, cuya espantosa confirmacion se recibió aquella misma noche; pero Astolfo procuró ocultársela hasta que él y Sansoneto reunidos pasaron á ver á la infeliz doncella.

Cuando llegaron á su presencia y observó Flor-de-Lis que en sus semblantes no se retrataba esa expresion de alegría que debe inspirar la victoria, adivinó desde luego, sin necesidad de más aviso, la triste suerte que habia cabido á su Brandimarte. En el momento mismo sintió su corazon tan oprimido, tan anublada su vista, y tan amortiguados todos sus sentidos, que dió con su desmayado cuerpo en tierra. Al volver en sí, sepultó las manos en su abundante cabellera, y empezó á herirse desesperadamente el rostro, repitiendo en vano aquel adorado nombre; siguió arrancándose y dispersando los cabellos, ora prorumpiendo en agudos gritos, como si estuviera poseida de los demonios, ora dando rápidas vueltas en derredor de la estancia, como, segun nos cuentan, las daban en otro tiempo las Ménades errantes, á los ecos de las bocinas[176].

Tan pronto se dirigia suplicante á los caballeros, pidiéndoles un puñal para sepultárselo en el corazon, como queria correr á la playa donde habia anclado la nave conductora de los cadáveres de los dos sarracenos, para mutilar los restos de uno y otro, y saciar en ellos su furiosa y vengativa saña: otras veces pretendia atravesar el mar, para tener la satisfaccion de exhalar su último suspiro al lado de su amante.

—¡Ah Brandimarte mio! ¿Por qué te dejé acometer tamaña empresa sin ir en tu compañía? exclamaba. ¡Ni una sola vez dejó tu Flor-de-Lis de seguirte á donde quiera que fuiste! Otra fuera tu suerte, si me hubieras tenido á tu lado; porque mis ojos no se habrian apartado un momento de tí, y en el caso de que el infame rey de Sericania te atacara por la espalda, con un solo grito habria acudido en tu auxilio, ó tal vez hubiera alejado de tu cabeza el golpe mortal, interponiéndome rápidamente entre tí y tu cruel enemigo, y sirviéndote mi propio cuerpo de escudo; pues mi muerte no ocasionaria una pérdida tan lamentable como la tuya. Ahora moriré de todos modos; pero sin que mi muerte sea provechosa para nadie. ¡Oh! Si al menos hubiese perecido en tu defensa, ¿de qué modo mejor podria haber sacrificado mi vida? Y aun cuando el hado duro y hasta el mismo Cielo se hubiesen mostrado contrarios á mis deseos, no expirarias al menos sin que yo te diese el ósculo de despedida; habria inundado al menos tu rostro con mi llanto, y antes de que tu alma, rodeada de espíritus bienaventurados, volase al seno de su Creador, te habria dicho:—«¡Ve en paz, y espérame en la celestial morada; pues donde quiera que vayas, estoy dispuesta á seguirte presurosa!»—¿Era ese, Brandimarte, era ese el reino cuyo cetro debias empuñar? ¿Es así como debia pasar contigo á Damogira? ¿Es ese el régio trono que me tenias preparado? ¡Ah Fortuna cruel! ¡Cuánta ventura me arrebatas! ¡Qué halagüeñas esperanzas has desvanecido! ¡Ah! Puesto que he perdido tanto bien, ¿qué puede ya interesarme en el mundo?

Mientras así decia, su rabia y su furor iban aumentando en tales términos, que volvia á arrancarse los cabellos, como si tuvieran la culpa de su desdicha: se golpeaba y mordia las manos y se desgarraba el pecho y los lábios con las uñas. Pero volveré á Orlando y á sus compañeros, en tanto que la desdichada doncella se destroza y se consume en estéril llanto.

Deseoso Orlando de aplicar á la dolencia de su cuñado los prontos auxilios que su estado exigia, y anhelando al propio tiempo dar á Brandimarte honrosa sepultura en un sitio más digno, embarcóse con direccion á la montaña que ilumina la noche con su fuego, y oscurece el dia con su denso humo[177]: el viento era favorable y la playa en cuya demanda navegaban estaba bastante cerca hácia la derecha. Con un viento fresco y favorable largaron las amarras al declinar el dia, y se alejaron de Lampedusa, guiados en su derrotero por la pálida luz de la diosa de la noche: al dia siguiente fondearon en la amena playa que rodea á Agrigento, donde Orlando dispuso para la noche siguiente los preparativos necesarios para inhumar con pompa los restos mortales de Brandimarte. Cuando vió cumplidas fielmente sus órdenes, y el Sol dió paso á las tinieblas nocturnas, rodeado el Paladin de un numeroso séquito de caballeros que habian acudido á Agrigento respondiendo á su invitacion, trasladóse á la orilla del mar que parecia abrasada por la llama de infinitas antorchas, y volvió donde estaba depositado el cuerpo del que vivo y muerto habia querido tanto, y cuya lamentable pérdida arrancaba gemidos y lamentos á los circunstantes.