Junto al fúnebre ataud estaba llorando el anciano Bardin, que debia tener ya secos los ojos y los párpados á causa de las incesantes lágrimas que habia derramado en el buque. Llamando al Cielo cruel, y perversos á los astros, rugia como el leon acometido por la fiebre, y con sus temblorosas manos se arrancaba las plateadas canas ú ofendia su arrugada frente. Al presentarse Orlando, redoblaron con más fuerza los gemidos y las lágrimas: aproximóse el Conde al cadáver, y permaneció algun tiempo con los ojos fijos en él, sin desplegar los lábios y tan pálido como el ligustro ó el flexible acanto arrancados de su tallo por la mañana ó por la noche: por último exhaló un profundo suspiro, y sin separar la vista del rostro de su amigo, exclamó:

—¡Oh valiente, leal y querido compañero, cuyo ensangrentado cadáver contemplo, aunque sé que resides en el Cielo, y que has conquistado una vida, que nada puede arrebatarte ya! Perdóname este llanto que me hace derramar, no tanto la idea de que no estés á mi lado, como el pesar que siento por haberme quedado en el mundo, y privado por tanto de disfrutar contigo la felicidad que te rodea. Ahora me encuentro solo: sin tí nada puede haber en la Tierra que me complazca. Si hemos arrostrado juntos el furor de los elementos y los peligros de la guerra, ¿por qué no he de participar tambien de tu reposo? ¡Grandes deben de ser mis culpas, cuando no se me ha permitido salir de este mundo impuro siguiendo tus huellas! Si no te abandoné en los trabajos, ¿por qué no ha de tocarme parte de la recompensa? Tú has ganado, mientras que yo he perdido: para tí han sido los beneficios; para mí las pérdidas.—El mismo dolor que siento ahora conmueve tambien á la Italia, la Francia y la Alemania. ¡Oh! ¡Cuán inmenso será el desconsuelo de mi Señor y tio! ¡Cuán grande la afliccion de todos los paladines! ¡Cuán intenso el pesar del Imperio y de la Iglesia cristiana, que han perdido en tí su principal sosten! ¡Oh! ¡Cómo disminuirá con tu muerte el terror y el espanto de nuestros enemigos! ¡Cómo sentirán renacer los paganos su abatido espíritu, recobrando nuevo vigor y nueva audacia! ¡Cuál debe ser en estos momentos el quebranto de tu desdichada esposa! Desde aquí veo su llanto y oigo sus desgarradores gemidos: sé que me acusa, y que tal vez me maldice al ver que por mi causa ha muerto contigo toda su esperanza. ¡Oh Flor-de-Lis! Al vernos privados de Brandimarte, nos queda al menos un consuelo; el de que todos cuantos guerreros hoy existen deben envidiar su gloriosa muerte. Aquellos Decios[178], aquel que fué tragado por la Tierra en el Foro romano[179], el mismo Codro, tan alabado por los Argivos[180], no fueron más útiles á su patria, ni se ofrecieron á la muerte con más gloria que tu amante.

Mientras Orlando pronunciaba estas palabras, los monjes de hábitos negros, blancos y grises, y una multitud de clérigos iban en procesion formando dos prolongadas hileras y rogando á Dios que concediera al alma del difunto eterno descanso entre los bienaventurados. Las innumerables luces que brillaban por todas partes parecian haber convertido la noche en dia. Alzaron el féretro, en cuya conduccion turnaron condes é ilustres caballeros, é iba cubierto con un paño de seda de purpúreo color, bordado de franjas de oro, que alternaban con otras de grandes perlas: el cadáver de Brandimarte yacia sobre espléndidos cogines de un trabajo elegante y delicado, y cubiertos de piedras preciosas, y llevaba puesta una sobrevesta del mismo color y tejido que aquellos.

A la cabeza del fúnebre cortejo marchaban trescientos pobres, todos ellos cubiertos con unas túnicas negras que les llegaban hasta el suelo: seguian luego cien pajes montados en otros tantos magníficos caballos de batalla, y unos y otros llevaban luengos mantos de luto que arrastraban por la tierra. Rodeaban el féretro numerosas banderas desplegadas, en las que se veian pintadas diferentes divisas, conquistadas todas ellas á mil vencidas huestes en favor del César y de San Pedro, por aquel vigoroso brazo que pendia de un frio cadáver. Al par de las banderas, se veian infinitos escudos, que llevaban todavía los blasones de los esforzados guerreros á quienes habian sido arrebatados. Doscientas personas destinadas á las diversas ceremonias de tan suntuosas exequias seguian despues, llevando, como los demás, hachas encendidas, y encerradas, más bien que vestidas, en negro ropaje. Cerraban el cortejo Orlando, que de vez en cuando derramaba copiosas lágrimas de sus ojos, tristes y encendidos, y Reinaldo, no menos aflijido que él. Olivero no pudo asistir á causa del daño de su pié.

Seria interminable si os hubiese de referir en mis versos todos los pormenores de las exequias, enumeraros los mantos de color oscuro ó turquí que se veian en la comitiva, ó contar las infinitas hachas que se quemaron. El fúnebre acompañamiento se dirigió hácia la catedral, haciendo que los habitantes de la ciudad vertieran tristes lágrimas á su paso; pues las personas de todo sexo, edad y condicion no podian menos de condolerse del desgraciado fin de un mancebo tan apuesto, tan bueno y tan jóven. Colocaron el cadáver de Brandimarte en la nave principal de la iglesia, y cuando las plañideras hubieron dado tregua á sus inútiles llantos y gemidos, y los sacerdotes pusieron fin á los abundantes eleisones y demás oraciones dedicadas á los difuntos, que sobre él pronunciaron, lo depositaron en una caja sobre dos columnas, cubriéndola por disposicion de Orlando con un rico paño de oro, hasta que se le trasladara á un sepulcro más costoso.

Antes de salir de Sicilia, mandó Orlando que se acopiara una gran cantidad de pórfidos y alabastros: quiso que se trazaran los planos del mausoleo, y dedicó gruesas sumas para premiar los trabajos de los arquitectos y escultores más afamados. Despues de la partida de Orlando, pasó Flor-de-lis á Sicilia, en donde vigiló cuidadosa la ereccion del sepulcro, presenciando la colocacion de las losas, y de las grandes columnas que hizo traer desde la costa de África. Viendo que sus lágrimas no tenian fin, que sus suspiros se obstinaban cada vez más en salir del pecho, y que no podia calmar su violento dolor, á pesar de todos los oficios y misas que mandaba decir continuamente, resolvió no separarse de aquel sitio hasta que exhalara el alma, y se hizo construir en el mismo sepulcro una celda, en la que se encerró, pasando allí su vida.

Orlando le envió varias cartas y mensajes, que de nada sirvieron, por lo cual pasó él mismo á Sicilia para inducirla á que saliera de allí, asegurándole que si accedia á regresar á Francia, la llevaria á vivir en compañía de Galerana, señalándole una fuerte pension: y si preferia volver al lado de su padre, la acompañaría gustoso hasta Lizza, ó haria que edificaran un monasterio para ella, en el caso de que le pareciera más conveniente consagrarse al Señor. A pesar de todo, Flor-de-lis no abandonó el sepulcro, y extenuada allí por la penitencia, y dedicada dia y noche á la oracion, no pasó mucho tiempo sin que la Parca fiera cortara el hilo de sus dias.

Los tres guerreros franceses habian abandonado ya la isla en que tenian los cíclopes sus antiguas grutas, alejándose tristes y afligidos por verse precisados á dejar en ella á su cuarto compañero. Les pesaba en extremo abandonar á Olivero sin un médico que atendiera á su curacion, la cual, descuidada al principio, se presentaba difícil y peligrosa. Los lamentos del enfermo les tenian muy alarmados con respecto al resultado de su dolencia, y en ocasion en que trataban entre ellos de este asunto, se le ocurrió al piloto una idea, que les comunicó, y les agradó sobremanera. Díjoles el marino que en un islote desierto que se hallaba á corta distancia, vivia un eremita, á quien nadie habia recurrido en vano en demanda de socorro ó de consejos, asegurándoles que aquel solitario tenia la facultad sobrenatural de dar vista á los ciegos, resucitar los muertos, contener el viento al hacer la señal de la cruz y amansar el mar cuando más furioso estuviese; por lo cual les aconsejaba que fueran en busca de aquel varon tan favorecido de Dios, no abrigando la menor duda de que sabria devolver la salud á Olivero, puesto que ya habia dado otras muestras más evidentes de su virtud.

Orlando acogió con marcada satisfaccion este consejo, y ordenó que se hiciera rumbo á tan santo lugar, como en efecto lo hicieron sin desviar la proa á uno ú otro lado hasta que al romper el dia divisaron el escollo. Guiada la embarcacion por marinos expertos, abordaron á él con toda seguridad; en seguida, los criados y algunos remeros ayudaron á trasladar al Marqués á una lancha, que les condujo á través de las espumosas olas al duro escollo; pasando acto contínuo á la santa morada donde residia el anciano que bautizó á Rugiero.

El siervo del Señor del Paraiso recibió afablemente á Orlando y á sus compañeros, les bendijo con plácido semblante, y les preguntó el motivo que allí les conducia, á pesar de que los espíritus celestiales le habian avisado con antelacion su llegada. Orlando le respondió, que el objeto de su viaje no era otro que el de encontrar un remedio para su Olivero, el cual habia sido peligrosamente herido peleando en defensa de la Fé de Cristo. El santo anciano se apresuró á tranquilizarle, prometiéndole una curacion pronta y radical. Ignoraba la ciencia de la medicina, y carecia de toda clase de ungüentos y remedios; pero se encaminó á la capilla, dirigió una fervorosa plegaria al Salvador, y saliendo tranquilo y satisfecho, dió su bendicion á Olivero en nombre de las tres personas eternas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.