¡Oh poder maravilloso que da el Señor á los que creen en él! De repente desaparecieron todos los dolores del caballero, que sintió su pié radicalmente curado y más fuerte y ágil que nunca. Sobrino tuvo entonces ocasion de presenciar una cura tan prodigiosa. El monarca sarraceno, cuyas heridas se agravaban más de dia en dia, apenas vió el milagro maravilloso y evidente que el santo monje acababa de hacer, se dispuso á abjurar los errores de la religion mahometana y abrazar la Fé de Cristo verdadera, suplicando, con corazon contrito, que le iniciaran en los misterios de nuestra sublime creencia. El justo varon, accediendo á sus deseos, derramó sobre su cabeza las puras aguas del bautismo, y le volvió, rezando, á su vigor primitivo.

Orlando y los demás caballeros se regocijaron de esta conversion casi tanto como de ver á su Olivero completamente sano de su peligrosa dolencia; pero fué mucho mayor el gozo que sintió Rugiero, cuya fé y cuya devocion iban aumentando progresivamente. El jóven guerrero habia permanecido en el escollo desde la noche en que llegó á él nadando.

El devoto anciano continuó conversando afablemente con los caballeros, y exhortándoles con fervientes súplicas á que procuraran atravesar limpios y puros esta oculta zanja, llena de cieno y de inmundicia, que se llama vida, tan grata para los hombres frívolos y necios, y á que tuvieran los ojos fijos en el camino que conduce al Cielo.

Orlando dispuso que uno de sus criados pasara á bordo del buque, y que trajera pan y buen vino, caza y cecinas, é hicieron que el santo varon, cuyo paladar acostumbrado á los sencillos frutos de la tierra habia olvidado ya el sabor de las perdices, probara por caridad y condescendencia la carne, bebiera vino, é hiciera, en fin, lo mismo que todos. Cuando el alimento hubo restaurado sus fuerzas, empezaron los caballeros á hablar de diferentes asuntos; y como suele suceder que en la conversacion una cosa sirve de demostracion á otra, vinieron á parar en que Reinaldo, Olivero y Orlando conocieron en Rugiero á aquel campeon tan famoso por sus proezas, cuyo valor ensalzaban todos á porfía. Reinaldo no sospechó que fuese aquel guerrero con quien habia peleado en la estacada; y aunque el rey Sobrino le conoció desde el momento en que le vió aparecer al lado del cenobita, quiso, sin embargo, guardar silencio por temor de equivocarse.

Cuando todos se convencieron de que tenian ante sí á aquel Rugiero, cuya audacia, cortesanía y sublime valor le habian granjeado un nombre célebre en el orbe entero, y tuvieron noticia de que se habia convertido al cristianismo, se le acercaron con semblante alegre y placentero: uno le estrechó la mano; otro le besó con amistosa efusion, y otro le abrazó estrechamente; pero sobre todos el señor de Montalban se esforzó en acariciarle y en darle más vivas muestras de su cariñosa solicitud.

En el otro canto, si teneis á bien escucharlo, os explicaré los motivos de tan afectuosa deferencia.


CANTO XLIV.

Reinaldo promete á Rugiero la mano de su hermana Bradamante, y regresa con él á Marsella.—Astolfo llega al mismo puerto, despues de haber exterminado á sus enemigos, y desde allí pasa á Paris, donde todos los caballeros son recibidos con los mayores honores y consideraciones.—Rugiero marcha á combatir con Leon, á quien el duque Amon habia prometido la mano de su hija.