Con frecuencia acontece que, bajo humildes techos y en albergues miserables, en medio de la estrechez y de las calamidades, los corazones se unen con los lazos de una amistad más firme y duradera, que entre las envidiadas riquezas ó la ociosidad de los regios alcázares y de los expléndidos palacios, llenos de intrigas y de sospechas, de donde está desterrada por completo la caridad, y donde no se encuentra amistad que no sea fingida. Esta es la causa de que los pactos y los convenios que hacen entre sí los príncipes y los reyes sean tan fugaces. Los emperadores, los papas, los reyes, unidos hoy por mútuos tratados de alianza, se convertirán mañana en enemigos capitales; porque ni su corazon, ni sus propósitos guardan consonancia con su apariencia exterior, y porque, importándoseles lo mismo lo justo que lo injusto, tan solo atienden á su conveniencia particular: sin embargo, á pesar de que son poco capaces de comprender los dulces sentimientos de una amistosa cordialidad, porque tan delicado afecto no reside donde siempre se trata de él con hipocresía y disimulo, lo mismo en las cuestiones graves que en las insignificantes, si por casualidad llega á reunirlos en algun sitio humilde una impensada y cruel desgracia, que les agobie mútuamente con su peso, entonces, y solo entonces, aprenden á conocer y apreciar en poco tiempo el valor inapreciable de la santa amistad, de que durante muchos años no pudieron darse cuenta. El santo anciano, en su modesto retiro, logró unir á sus huéspedes con los fuertes vínculos de un acendrado cariño, mucho mejor que otros lo hubieran hecho en la corte, y este cariño quedó tan arraigado en sus corazones, que no se desvaneció sino con la muerte. El piadoso varon los encontró á todos benignos y asequibles á sus exhortaciones, y conoció que sus almas eran más cándidas que el blanco plumaje de un cisne: todos ellos eran francos, amables, generosos, é incapaces de esa iniquidad que os he descrito, propia solo de los que, cubiertos con la máscara de una refinada hipocresía, jamás se manifiestan como son; por lo cual, dieron al olvido sus antiguas ofensas y querellas, y desde aquel momento se amaron más que si los hubieran engendrado los mismos padres.

El señor de Montalban se mostraba más solícito que los demás en acariciar y halagar á Rugiero, tanto por haber tenido ocasion de conocer su valor y bizarría, cuanto por ver en él al caballero más afable y más humano que existia en el mundo, y principalmente por reconocerse deudor de los muchos favores que el esforzado jóven le habia prestado en diferentes ocasiones. Sabia que Rugiero habia salvado á Riciardeto, cuando el Rey de España le hizo encarcelar, por haberle encontrado en el lecho con su hija: sabia tambien que habia librado á los dos hijos del Duque Buovo, segun os he dicho, de las manos de los sarracenos y de los malvados sicarios del maguntino Bertolagio; y estas muestras de heróica abnegacion le parecian tan grandes, que le obligaban á amarle y á reverenciarle: lo que más le pesaba era no haber podido hacer lo mismo cuando militaban el uno bajo las banderas africanas y el otro al servicio de Carlomagno; pero á la sazon, que le veia convertido al cristianismo, se apresuró á satisfacer gustoso su deuda de gratitud, prodigando á Rugiero toda clase de ofrecimientos, honores y demostraciones de cariño.

Viendo el prudente eremita tan marcada benevolencia, tomó pié de ella para decirles:

—Ahora no falta ya más que una cosa, que espero obtener sin oposicion; y es que, así como acabais de uniros por los lazos de una generosa amistad, os unais tambien por los vínculos del parentesco, á fin de que de vuestras dos razas ilustres, cuya nobleza no encuentra igual en el mundo, salga una estirpe que supere en esplendor á todo el que despiden los fulgurantes rayos del Sol mientras recorre su órbita: una estirpe cuya gloria irá en aumento conforme vayan transcurriendo los años y los lustros, y durará (segun lo que Dios me inspira con objeto de que os lo revele) mientras los cielos efectúen sus acostumbradas revoluciones.

Y prosiguiendo su conversacion en estos términos, el santo anciano concluyó por persuadir á Reinaldo á que prometiera á Rugiero la mano de su hermana Bradamante, si bien es verdad que ninguno de los dos necesitaba tales consejos. El Príncipe de Anglante y Olivero encarecieron á su vez la conveniencia de esta union, esperando que, así como ellos, la aprobaran el rey Cárlos y el duque Amon, y que la Francia entera se regocijaria por ella. Así decian; pero ignoraban que Amon, con aprobacion del hijo de Pepino, se habia comprometido por aquellos dias con Constantino, emperador de Oriente, que le pidió la mano de Bradamante para su hijo Leon, heredero de sus vastos dominios; el cual, sin ver á la jóven, se habia enamorado perdidamente de ella por la sola fama de sus hazañas. Amon le respondió, que por sí solo no podia decidirse enteramente hasta hablar con su hijo Reinaldo, que por entonces se hallaba lejos de la corte; y aun cuando no le cabia la menor duda de que su hijo daria su consentimiento, aceptando gustoso una alianza tan ilustre, no se atrevia, sin embargo, á tomar una resolucion definitiva á causa de la suma deferencia que le tenia.

Mientras tanto Reinaldo, separado de su padre, ignorante de los tratos de este con el Emperador, y cediendo á su propio deseo, al parecer de Orlando y de sus compañeros, y sobre todo á las instancias del eremita, prometió á Rugiero la mano de su hermana, persuadido de que Amon no podria menos de aprobar satisfecho aquel parentesco. Pasaron todo aquel dia y gran parte del siguiente en compañía del virtuoso cenobita, olvidándose casi de regresar á bordo, á pesar de serles el viento favorable; pero los marinos, que se lamentaban de tanta demora, les enviaron repetidos avisos, apremiándolos para que se embarcaran, hasta que por último tuvieron que separarse del eremita. Rugiero, que habia permanecido en aquel retiro tantos dias, sin apartarse un solo momento del escollo, se despidió afectuosamente del santo maestro que le iniciara en la verdadera fé. Orlando le devolvió su espada, la armadura de Héctor y el buen Frontino, tanto para darle una prueba evidente del cariño que le profesaba, cuanto por saber que antes le habian pertenecido; y si bien el Paladin tenia más derecho á poseer aquel acero encantado, conquistado por él á costa de mil trabajos y fatigas en el formidable jardin de Falerina, que Rugiero, á quien se lo habia entregado un ladron, juntamente con Frontino, sin embargo, se lo cedió voluntariamente, así como las demás armas á la primera indicacion.

Bendecidos los caballeros por el devoto anciano, volvieron á embarcarse, y al instante dieron las velas al Noto y los remos al agua. Durante su navegacion, disfrutaron de un tiempo tan sereno y bonancible, que no tuvieron necesidad de apelar á los rezos ni á los votos hasta que fondearon en Marsella sanos y salvos. Dejémosles allí, hasta que me sea posible conducir á aquel puerto al glorioso duque Astolfo.

Luego que Astolfo tuvo noticia de la victoria alcanzada á costa de tanta sangre, juzgó que la Francia se hallaba para siempre libre de los ataques del África, y por consiguiente creyó oportuno disponer que el Rey de Nubia regresara á su país con su ejército, por el mismo camino que cruzara al marchar contra Biserta. El hijo de Ogiero habia enviado de nuevo al África la escuadra que destruyó la de los moros, y en cuanto desembarcaron de ella los nubios que la tripulaban, un nuevo milagro hizo que los costados, las popas y las proas de las embarcaciones recobraran su primitiva forma de hojas de árbol; despues acudió el viento, y como cosa leve, las dispersó por el aire y las hizo desaparecer en un instante.

No tardaron en alejarse de África las huestes nubias, unas á pié y otras á caballo; pero Astolfo manifestó antes su viva y eterna gratitud al rey Senapo, por haber acudido en persona á prestarle un generoso auxilio con toda su fuerza y todo su poder, y le entregó el terrible y fogoso Austro encerrado en el claustro uterino: quiero decir, que le confió el odre que contenia el viento que suele soplar del Sur con inusitada violencia, agitando las arenas del desierto como si fueran las olas de un tempestuoso mar, y elevándolas en confusos remolinos hasta el mismo Cielo: encarecióle la importancia de mantenerlo cautivo, para que no les molestara en su viaje, y le recomendó, por último, que al llegar á su país, le diese libertad.