Dice Turpin, que en el momento en que el ejército penetró en las gargantas del empinado Atlas, todos los caballos se transformaron de nuevo en piedras, de suerte que los nubios se volvieron como habian venido.

Pero ya es tiempo de que Astolfo regrese á Francia, por lo cual tan pronto como hubo fortificado los principales puntos del reino de África, hizo desplegar las alas á su Hipogrifo, que de un solo vuelo le llevó á Cerdeña, y de Cerdeña á las playas de Córcega; desde allí prosiguió el Duque su camino sobre el mar, volviendo algun tanto las riendas á la izquierda, hasta que por último contuvo la rapidez de su carrera al dar vista á las marismas de la rica Provenza, donde hizo con el Hipogrifo cuanto le ordenó el Evangelista. El santo Apóstol le habia prevenido que, una vez llegado á Provenza, dejara de espolearle, y que cesando de oponer la silla y el freno á su natural impetuosidad, le permitiera alejarse libremente.

Además, el cielo más bajo, que recibe en su seno todo cuanto pierden los mortales, habia privado de sus sonidos á la trompa, que se quedó, no ya ronca, sino muda, cuando el guerrero puso el pié en la divina morada.

Llegó Astolfo á Marsella el mismo dia en que desembarcaron Orlando, Olivero y el señor de Montalban, juntamente con el buen Sobrino y el bravo Rugiero. El triste recuerdo de la muerte de su amigo Brandimarte impidió que los Paladines reunidos pudieran dar expansion al júbilo que sentian por el feliz resultado de la guerra. Desde Sicilia habian participado al Emperador la muerte de los dos reyes sarracenos, la prision de Sobrino y el desgraciado fin de Brandimarte: tampoco ignoraba Cárlos la conversion de Rugiero, y en su corazon y en su rostro se echaba de ver claramente el gozo que sentia, por verse libre de aquel peso intolerable que habia gravitado sobre sus hombros, en términos de no poder reponerse fácilmente.

A fin de honrar cual debia á aquellos guerreros, que eran las columnas y el principal sosten del santo Imperio, dispuso el Emperador que toda la nobleza del reino saliera á recibirlos hasta la orilla del Saona, y él mismo se adelantó á su encuentro fuera de los muros de la ciudad con una brillante comitiva, compuesta de reyes y duques, y en compañía de la Emperatriz, que iba rodeada de muchas doncellas, tan notables por su hermosura como por la elegancia y riqueza de sus galas. El alegre Emperador, los paladines, los amigos y parientes, la nobleza y el pueblo acogieron al Conde y á sus compañeros con las más evidentes muestras de cariñoso afecto, aclamando los nombres de Mongrana y Claramonte.

Tan pronto como hubieron terminado los plácemes y los abrazos, Reinaldo, Orlando y Olivero condujeron á Rugiero á la presencia del Emperador, manifestándole que aquel jóven era hijo de Rugiero de Ris, digno heredero de las virtudes de su padre, y tan fuerte y animoso y tan experto en los combates como podrian atestiguar los ejércitos cristianos. En aquel momento se presentaron Marfisa y Bradamante, las dos amigas bellas y esforzadas: la primera corrió á abrazar á su hermano: la segunda le saludó con cierta expansion contenida por el respeto.

El Emperador hizo que Rugiero volviera á montar á caballo, del que se habia apeado reverentemente, y quiso que cabalgara á su lado, no perdonando la menor ocasion de honrarle y darle señales inequívocas de su aprecio; pues sabia su conversion al cristianismo, porque apenas desembarcaron los guerreros, se habian apresurado á poner en noticia de Cárlos los detalles de todo lo ocurrido. La noble comitiva entró en la ciudad en medio de una pompa verdaderamente triunfal: por do quiera se veian enramadas y guirnaldas de flores: todos los edificios estaban colgados de vistosos tapices: sobre los vencedores caia una verdadera lluvia de flores y de yerbas olorosas, que arrojaban á manos llenas desde los balcones y ventanas elegantes damas y apuestas doncellas: al recorrer algunas calles, se encontraban con arcos y trofeos levantados en breves momentos, en que estaban representados la toma y el incendio de Biserta y otros varios hechos de armas: en otras partes se elevaban tablados, en los que se ejecutaban diferentes juegos, pantomimas y espectáculos escénicos, y en fin, por do quiera aparecian fijados grandes cartelones con esta inscripcion: A los libertadores del Imperio. Entre los sonidos de los penetrantes clarines, de los canoros pífanos, y de mil armoniosas músicas; entre los aplausos, las aclamaciones, el gozo y el afecto de una inmensa multitud que apenas cabia en las calles, apeóse el magno Emperador en su palacio, donde todo aquel brillante séquito se entregó durante muchos dias á los placeres de los torneos, de los banquetes, de los bailes, de los juegos y de las representaciones escénicas.

Reinaldo aprovechó la primera oportunidad para participar á su padre su propósito de unir á Bradamante con Rugiero, manifestándole al propio tiempo que se la habia prometido por esposa en presencia de Orlando y de Olivero, los cuales apoyaron su dictámen por creer que era imposible contraer un parentesco, que por la nobleza y valor del elegido fuese, no tan solo igual, sino mejor que el acordado. El duque Amon no quiso ocultar á su hijo el marcado descontento con que escuchó sus palabras, por haberse atrevido á disponer de la mano de la doncella sin consultarle, cuando él estaba resuelto á desposarla con el hijo de Constantino y no con Rugiero, el cual ni empuñaba un cetro, ni poseia absolutamente nada sobre la tierra, como si no supiese que la nobleza, y especialmente la virtud, carecen de valor cuando no las acompañan las riquezas.

Beatriz censuró la determinacion de su hijo mucho más que el Duque su esposo, calificándola de arrogante en demasía, y declaró secreta y ostensiblemente, que se opondria á que Bradamante fuese esposa de Rugiero, por tener resuelto hacerla á toda costa emperatriz de Oriente. Reinaldo por su parte persistia en su obstinacion, decidido á no faltar en un ápice á su palabra. La madre, que creia á la magnánima doncella predispuesta en favor suyo, la escitaba á confesar que preferia la muerte á enlazarse con un caballero pobre, amenazándole al mismo tiempo con retirarle su afecto si toleraba la grave injuria que su hermano le inferia, y aconsejándole que se negara con audacia y firmeza, puesto que Reinaldo no podia obligarla á acceder á sus deseos á la fuerza.

Bradamante permanecia silenciosa, sin atreverse á contradecir á su madre, hácia quien sentia tal respeto y reverencia, que ni siquiera podia pensar en desobedecerla; pero, por otra parte, consideraba como un crímen prometer lo que no queria cumplir; y no queria, porque no le era posible, pues Amor le habia arrebatado su poco ó mucho albedrío. No atreviéndose á rehusar, ni á dar muestras de contento, se limitaba á guardar un absoluto silencio, interrumpido por frecuentes suspiros; pero cuando se encontraba á solas, y en sitio donde no pudiese ser oida, daba libre curso al llanto que en copioso raudal se escapaba de sus ojos, haciendo sentir á su pecho y á sus blondos cabellos los crueles efectos del dolor que la atormentaba, golpeándose aquel y mesándose lastimosamente estos. En medio de su afliccion y de su llanto, exclamaba: