—¡Ay de mí! ¿Habré de querer lo que no quiere la que debe ejercer sobre mi voluntad un dominio mayor que el mio propio? ¿Tendré en tan poca estima los deseos de mi madre, que me sea posible posponerlos á mi principal anhelo? ¡Ah! ¿Puede haber pecado más grave ó baldon más vergonzoso para una doncella, que el de tomar esposo contra la voluntad de aquellos á quienes está obligada á obedecer? ¡Ay mísera de mí! ¿Tendrá bastante poder mi cariño filial para conseguir que te abandone, Rugiero mio? ¿Logrará que me entregue á una nueva esperanza, á un nuevo deseo y á un nuevo amor, ó haciendo abstraccion completa de la reverencia y atencion que á los buenos padres deben los buenos hijos, atenderé tan solo á mi bien, á mi dicha, á mi deleite? Conozco cuáles son mis deberes, sé cuánto debe exigirse de una buena hija: no lo ignoro ¡ay de mí! pero ¿de qué me sirve si los sentidos luchan ventajosamente con la razon, si Amor la acosa y la obliga á someterse, y no me permite que disponga de ella ni aun de mí misma sino cuando á él le parece, reduciéndome á decir y hacer tan solo lo que él me dicta? Soy hija de Amon y de Beatriz, pero tambien soy ¡desventurada! esclava del amor. Si falto á mis deberes filiales, espero encontrar compasivo perdon en mis padres; pero si ofendo al amor, ¿quién podrá librarme con ruegos y con súplicas de sus furores? ¿quién logrará que atienda una sola de mis disculpas y no me cause una muerte desastrosa y repentina? ¡Ah! He procurado á costa de prolongados é incesantes esfuerzos atraer á Rugiero á nuestra Fé; al fin lo he conseguido, pero ¿qué me importa, si mi piadoso propósito redunda en beneficio de otros, del mismo modo que la abeja renueva su miel todos los años, para verse privada siempre del fruto de su trabajo? ¡No, no! ¡Antes la muerte que verme en brazos de otro esposo! Si no obedezco á mi padre y á mi madre, obedeceré en cambio á mi hermano, que es mucho más prudente que ellos y tiene su cerebro sano y despejado. El mismo Orlando aprueba lo que Reinaldo ordena, de suerte que cuento con el apoyo de ambos caballeros, más temidos y venerados en el mundo que todos nuestros demás parientes juntos. Si no existe un solo mortal que no vea en ellos la flor, la gloria y el esplendor de la raza de Claramonte, si todos los ensalzan y los glorifican á porfía, ¿por qué he de consentir que Amon disponga de mí con preferencia á Reinaldo y al Conde? No, no debo permitirlo, y con tanto mayor motivo, cuanto que el Emperador griego solo ha recibido de mi padre una vaga promesa, al paso que Reinaldo ha comprometido su palabra con Rugiero.
Si Bradamante se afligia y atormentaba, la imaginacion de Rugiero no estaba mucho más tranquila; pues aunque la noticia de la oposicion del Duque y de su esposa no habia circulado todavía por la ciudad, el triste jóven tenia conocimiento de ella. Lamentábase de su adversa fortuna, que no le permitia gozar de tanto bien, por haberle negado tronos y riquezas, cuando se mostraba tan pródiga con otros mil, indignos de poseerlas, y sin embargo, se veia dotado en tan gran cantidad de todos los demás bienes que concede la naturaleza á los hombres, ó se alcanzan á fuerza de estudio y de fatiga, que no ha existido mortal alguno que poseyera tantos, pues á su belleza cedia toda otra belleza; con dificultad se hallaria quien resistiera á su pujanza, y nadie, como él, merecia la palma de la magnanimidad y de la régia esplendidez; pero el vulgo, que dispone á su arbitrio de los honores y las consideraciones, y los da ó los quita como le parece (y no se crea que eximo á nadie del nombre de vulgo, excepto á los hombres prudentes y estudiosos; pues los papas, los reyes y los emperadores no los hacen las mitras, los cetros, ni las coronas, sino la prudencia, el recto criterio, cualidades que el Cielo concede á un limitado número de personas), para ese vulgo, repito, que solo da valor á las riquezas, no existe otra cosa en el mundo más digna de admiracion, y sin ellas, nada respeta y nada aprecia, por grandes que sean la belleza, el valor, la pujanza, la destreza, la virtud, la sabiduría y la bondad, considerando por último como lo más insignificante de todo los amorosos quebrantos semejantes al que me ocupa.
—Puesto que Amon está decidido, pensaba Rugiero, á que su hija sea emperatriz, desearia que no llevara á cabo tan pronto su alianza con Leon, y que me diera por lo menos un año de término; no necesito mayor plazo para precipitar del sólio imperial á Leon y á su padre, y cuando les haya arrancado su corona, Amon no me juzgará un yerno indigno de sí. Pero si Constantino pretende ser suegro de Bradamante con la precipitacion que ha exigido; si no hace caso alguno de la palabra que Reinaldo y su primo Orlando me han dado en presencia del santo eremita, del marqués Olivero y del rey Sobrino, ¿qué deberé hacer? ¿Toleraré tan grave ultraje, ó arrostraré la muerte antes que sufrirlo? ¿Qué haré, Dios mio? ¿Deberá recaer mi venganza en el padre de Bradamante? Paso por alto que no debo precipitarme para tomar una determinacion semejante, y si obro necia ó cuerdamente al intentarla; pero quiero suponer que me sea fácil arrancar la vida al viejo insano y á toda su descendencia: esta venganza ¿me proporcionará alguna satisfaccion? ¡Ah! No: redundará, por el contrario, en contra de mi constante anhelo, que siempre se ha cifrado en conservar el amor de mi bella dama y en no merecer su ódio; y si doy muerte á su padre, ó intento ó llevo á cabo alguna accion perjudicial para su hermano ó sus parientes, ¿no le doy un justo motivo para que me llame enemigo suyo, y se niegue con horror á ser mi esposa? ¿Qué debo, pues, hacer? ¿Sufriré tal insulto? ¡Ah no, vive Dios! primero la muerte. Pero no, no quiero morir: antes debe perecer con más justicia ese Leon Augusto, que ha venido á turbar mi inmensa alegría: deben perecer él y su infame padre. No costó tanto Elena á su troyano amante, ni Proserpina á Piritoo en tiempos más remotos, como he de hacer pagar caro mi quebranto al padre y al hijo. ¿Y podrá suceder, vida mia, que no te pese abandonar á tu Rugiero por ese griego? ¿Logrará tu padre arrancarte el fatal consentimiento, aun cuando tuviese de su parte á tus hermanos? ¡Ay! ¡Harto temo que tus deseos concuerden con los de Amon más bien que con los mios, y que te parezca mejor partido el que te ofrece un César que el de un simple caballero! ¿Podrá suceder acaso que un nombre régio, un título imperial, la grandeza y la pompa de las cortes lleguen á corromper el levantado ánimo, el gran valor y la sólida virtud de mi Bradamante, hasta el extremo de menospreciar por ellos la fé jurada, y olvidar todas sus promesas? ¿No deberia arrostrar el enojo de Amon, antes que dejar de decirme lo que siempre me ha dicho?
Decia entre sí Rugiero estas y otras muchas cosas, profiriendo con frecuencia sus quejas de tal modo, que llegaban á oidos de los que se hallaban cerca de él, por lo cual Bradamante tuvo más de una vez noticia de su pesadumbre, causándole las penas de Rugiero un dolor no menos vivo que las suyas propias; pero lo que más la atormentaba de cuanto, segun le decian, afligia á su enamorado caballero, era el saber que su principal quebranto procedia de las sospechas de que ella pudiese abandonarle, por entregar su mano al Griego. Con el fin de tranquilizarle y desterrar esta creencia de su corazon, le envió un dia á una de sus más fieles camareras con el encargo de que le trasmitiera estas palabras:
—Tened la seguridad, adorado Rugiero, de que continuaré siendo la misma hasta el sepulcro, y más allá, si posible fuera. Ya se muestre el Amor benigno ó altanero para conmigo, ya sea buena ó mala mi fortuna, mi constancia será tan firme como la de una roca que sufre incontrastable los embates del viento y del mar, segun lo he demostrado permaneciendo, como permaneceré siempre, inmutable, lo mismo en la tempestad que en la bonanza. Una lima ó un cincel de plomo podrán tallar de varios modos el diamante antes que los golpes de la fortuna ó las iras del amor consigan doblegar mi corazon constante, y las aguas del turbio y caudaloso rio subirán hácia la cumbre de los Alpes antes que cualquier nuevo accidente, bueno ó malo, consiga variar el rumbo de mis ideas. A vos tan solo, Rugiero mio, he concedido el dominio sobre mi corazon, lo que es tal vez mucho más de lo que algunos creen. Estoy íntimamente convencida de que mi lealtad es más inquebrantable que la que juran sus súbditos á un nuevo monarca: sé que ningun rey ni emperador del mundo reina en sus estados con mayor seguridad que vos en mi albedrío, y que no necesitais construir fosos ni murallas por temor de que otro os arrebate su posesion; pues sin necesidad de que levanteis tropas, no habrá asalto que yo no rechace, ni riqueza capaz de conquistarme, ni un corazon como el mio se adquiere á tan vil precio; ni podrá sojuzgarme la nobleza, ni el brillo de una corona que suele deslumbrar al vulgo necio; ni existirá una de esas bellezas que tanto influyen en las imaginaciones volubles y caprichosas capaz de impresionarme tanto como la vuestra. Desechad, pues, todo temor de que mi corazon pueda amoldarse á las nuevas formas que se pretenda darle, pues vuestra imágen está tan profundamente grabada en él, que es imposible borrarla. El marfil, el diamante, la piedra más dura y que más resistencia oponga al esfuerzo del lapidario, pueden romperse, pero no es posible grabar en ellos una figura distinta á la esculpida primitivamente. Mi corazon, que participa de la naturaleza y propiedades del mármol ó de otra materia resistente al hierro, podrá tal vez quedar destrozado por los golpes de Amor, pero este será impotente para grabar en él otra imágen que no sea la vuestra.
A estas palabras añadió otras muchas, llenas de amor, de fé, de consuelo, y capaces de restituirle mil veces á la vida, si mil veces hubiese muerto; pero cuando más confiados estaban en haber llevado sus esperanzas á buen puerto y al abrigo de los furores de la tempestad, viéronse de nuevo envueltos en oscuro ó impetuoso torbellino, que los arrojó lejos de la playa á merced de las procelosas olas. Resuelta Bradamante á cumplir todavía más de lo prometido, y evocando su acostumbrada audacia, hizo caso omiso de todo respeto y reverencia, y se presentó un dia á Carlomagno, diciéndole:
—Señor, si mis trabajos han encontrado alguna gracia á los ojos de vuestra majestad, dignaos concederme un don en recompensa; pero antes de deciros en qué consiste, os ruego que me empeñeis vuestra palabra real de acceder á mi deseo, seguro de que mi demanda será justa y recta.
—Querida hija, le respondió el Emperador, tu valor y virtud merecen que te dé cuanto me pidas, y aunque desees una parte de mis estados, juro concedértela con tal de contentarte.
—La gracia que espero de vuestra Alteza, repuso la doncella, es que no permitais que me den un esposo cuyo valor sea inferior al mio. Los que aspiren á mi mano, han de sostener antes conmigo un combate á espada ó lanza. El vencedor será mi esposo: el vencido deberá ir á otra parte en busca de mujer.
El Emperador le contestó con rostro placentero, que la demanda era en un todo digna de la que la hacia; por lo cual podia estar tranquila, pues él por su parte haria cuanto le rogaba.