El último libro que vió la luz en vida del poeta fué el de las Rimas humanas y divinas publicado con el seudónimo de Tomé de Burguillos, aquel personaje cómico que había inventado Lope para figurar en las justas poéticas de la beatificación y canonización de San Isidro. Apareció en Madrid en 1634. En este libro está incluída la famosa epopeya burlesca La Gatomaquia.
Dos disgustos, al decir de Montalván, oscurecieron los últimos meses de la vida del genial poeta. Uno parece haber sido la muerte de su inquieto hijo Lope Félix, que se había hecho militar, sirvió en los tercios de la Marina y peleó bizarramente en varios encuentros. Pereció en un naufragio yendo en una expedición para pescar perlas en la isla Margarita. Su padre conmemoró su muerte en la égloga pescatoria Felicio, y no debía saber su fallecimiento al tiempo de publicar las Rimas de Burguillos, ya que en la dedicatoria de La Gatomaquia a su hijo nada habla de su fallecimiento.
El otro disgusto debe haber sido el rapto de su hija Antonia Clara, entonces de diez y siete años y que debía ser muy donosa, tanto, que había representado comedias caseras ante el Duque de Sessa y otros amigos de su padre (conocemos la loa escrita por Lope para una de estas fiestas). No se sabe quién fuera el raptor, aunque por la égloga Filis y otras alusiones se sospecha podría ser algún galán de la Corte de la intimidad de Felipe IV.
Conmovedoramente refiere Montalván la melancolía de los últimos tiempos de la vida del poeta, tan bien dotado por la naturaleza para disfrutar y cantar las más embriagadoras alegrías terrenas. El propio autor refiere por extenso los detalles de su breve enfermedad postrera. Cayó enfermo el 25 de agosto de 1634, y falleció cristianamente en medio de su familia y amigos, entre los que no faltaba el Duque de Sessa, el día 27 del mismo mes. Cuatro días antes aún había compuesto un soneto y una silva titulada El Siglo de oro.
El mismo Montalván refiere los pormenores de su solemnísimo entierro y de los varios funerales celebrados en sufragio del alma del poeta. También llegaron a nosotros las oraciones fúnebres que en tal ocasión pronunciaron los más famosos predicadores del tiempo. El cortejo fué llevado por la calle de Cantarranas para que Marcela pudiera verlo desde su convento. Fué enterrado Lope en la iglesia de San Sebastián, donde reposaron pacíficamente sus restos hasta que a fines del siglo xviii o principios del xix, en una de las usuales mondas, fueron arrumbados no se sabe dónde.
Después de muerto Lope, fueron publicadas dos partes de comedias que el autor había dejado dispuestas para la imprenta: las Partes XXI y XXII. En 1637 aparecieron reunidas en La Vega del Parnaso buen número de las poesías que había dejado inéditas el poeta. La Parte XXIII de comedias fué publicada en 1638; en 1641, la XXIV, y en 1647, la XXV, último volumen de la colección de obras dramáticas de Lope de Vega formada en tiempos del autor.
Por dos clases de razones nos hemos detenido a narrar, acaso harto prolijamente, la biografía del poeta. De una parte, Lope es un interesantísimo ejemplar humano; una personalidad dotada de las mayores riquezas espirituales, de las facultades que se suelen tener por más diversas y capaz de las reacciones que pueden parecer más opuestas: una de esas figuras que por la diversidad y caudal de sus dotes parecen ser resumen de la vida de toda una nación y toda una época. Por otro lado, Lope es un artista espontáneo, tan entregado a los azares de su inspiración, que los sucesos de su vida se han encarnado inmediata y directamente en su obra literaria. Sus escritos no sólo se nos aparecen cada vez más llenos de alusiones a sus aventuras conforme va siéndonos mejor conocida su vida; no sólo traducen maravillosamente los mudables estados de su tornadizo espíritu, sino que las perfecciones y defectos de la producción artística—tan abundantes unas y otros—guardan plena armonía con las virtudes y las faltas, tan copiosas también todas ellas, de la vida del poeta. En Lope no va por un lado la labor del escritor y por otro la conducta del hombre. No es de esos artistas reflexivos, conscientes, que saben trabajar su obra bella en un plano superior al de las vulgares realidades de su existencia y nos presentan un producto artístico depurado de toda baja escoria terrena. Lope, niño eterno, abandónase a los desenfrenados impulsos de su temperamento lo mismo viviendo que escribiendo. Idéntico ritmo alocado palpita en los hechos de su vida y en las estrofas perennemente fragantes de sus versos; jamás le abandonó la divina embriaguez de la adolescencia. En su vida y sus obras parece darse inacabablemente el aturdimiento que causa en la primera juventud el exceso de ingobernadas fuerzas. Como hombre y poeta no sale nunca de los diez y siete años.
Conforme nos van siendo mejor conocidas, mayor asombro producen en nosotros las numerosas y fuertes dotes de su espíritu. No es ya sólo para nosotros el más prodigioso improvisador de que tiene noticia la historia; al lado de esa cualidad, descubrimos en gran abundancia otras, no menos sobresalientes, igualmente espontáneas, no fomentadas ni perfeccionadas con un inteligente cultivo. Es como si la naturaleza hubiera querido mostrarnos en este altísimo espíritu de Lope de Vega a cuánto se extendía su posibilidad de crear perfecciones. Hay que admirar la fuerza y salud robustísimas que le permitieron producir una de las más copiosas obras literarias que posee la humanidad, como por juego, sin que en momento alguno se advierta fatiga ni esfuerzo; hay que admirar el caudal de simpatía, el hechizo para la conversación y trato de gentes que se manifiesta en sus cartas y nos hace comprender el perenne afecto que sintió hacia él el Duque de Sessa, y sus triunfos amatorios cuando ya ni la edad ni el hábito permitían esperar tales cosas; hay que admirar una inmensa capacidad de saber, un conocimiento de cosas antiguas y contemporáneas absolutamente sin igual, una potencia retentiva y un don de observación que tocan en lo fabuloso. "Ignoramos qué número de palabras empleó Lope—dice el señor Castro en un apéndice de la Vida—, pero es probable que ningún escritor en el mundo tenga más abundante léxico, ya que la impresión del lector es que todas las cosas de su tiempo figuran en su obra... El día que se forme el diccionario de Lope causará maravilla ver adónde llegó la facultad receptora de un solo hombre." Y no en cosas de erudición; su obra manifiesta a cada paso la mayor copia de conocimientos en lo que sólo puede dar la experiencia de la vida (una experiencia no muy aprovechada como norma de su propia conducta). "Me espanta a veces—dice Grillparzer en sus estudios sobre nuestro autor—la riqueza de pensamiento de Lope de Vega. Pareciendo que permanece siempre en lo más singular, salta a cada momento a lo general, y no hay poeta tan rico como él en observaciones y notas de carácter práctico. Bien puede decirse que no hay situación de la vida a que no haya tocado en el círculo de sus creaciones." No es ni mucho menos exceso retórico el haberle llamado "monstruo de naturaleza"; estamos en presencia de una de las figuras más ricas en facultades naturales que produjo jamás la estirpe humana: a sus más altas cimas, por ejemplo, a un Goethe, tendríamos que ir para encontrarle pareja.
Pero una falta fundamental de su espíritu echó a perder dotes tan excelsas: Lope fué siempre incapaz de imponer rumbo fijo y permanente a su maravillosa actividad: juguete de la diversidad de impresiones que era susceptible de recoger su espíritu, sin que ninguna se grabara en él de modo permanente, nunca pudo seguir camino alguno con carácter definitivo. Lo poseía todo menos la facultad de gobernarse a sí propio. El poder central de su espíritu era débil auriga, y los fogosísimos caballos de sus diversas facultades galopaban cada cual hacia donde lo orientaba su capricho. De este modo no fué posible a Lope imponer una alta significación a su vida: enamorado perenne, no pudo, sin embargo, crearse un amor digno de inmortalidad, como los de Dante o Petrarca, sino que permaneció siempre en un bajo terreno de sensuales devaneos: hombre de mundo, no supo labrarse una posición independiente, y es triste ver sus regias facultades empleadas en mendigar favores del Duque en tantas de sus cartas. Al mismo tiempo acaso no haya sido dueño de una fina sensibilidad moral: no pueden menos de abochornarnos muchas de las acciones que descubrimos en Lope de Vega. Infantil también en esto, no parece haber llegado nunca a una clara idea de su dignidad y de la responsabilidad de sus actos. La encantada selva de representaciones poéticas, tan increíblemente frondosa que envolvía por todas partes su espíritu, cegábalo para cuanto no fueran ellas.