Incito á meditar sobre este gran problema del comercio y de la civilización.

No he visto jamás en mis correrías por la India, por África, por Europa, por América, nada más solitario que estos montes del Cuero.

Leguas y leguas de árboles secos, abrasados por la quemazón; de cenizas que envueltas en la arena, se alzan al menor soplo de viento; cielo y tierra: he ahí el espectáculo.

Aquello entenebrecía el alma. Las cabalgaduras iban ya sedientas, Chamalcó estaba cerca.

Llegamos.

El peligro estrecha, vincula, confunde; la unión es un instinto del hombre en las horas solemnes de la vida.

Nadie se había quedado atrás. Según los cálculos del baqueano, Chamalcó tenía agua.

Esperamos un buen rato antes de dejar beber los animales.

Se reposaron y bebieron.