«Era la tarde, y la hora
En que el Sol la cresta dora
De los Andes...»
Esta aguada es un inmenso charco de agua revuelta y sucia, apenas potable para las bestias.
En previsión de que no estuviera buena, habíamos llenado los chifles en Chamalcó.
Habíamos marchado muy bien, ganando más terreno del que esperaba,—no tenía por qué apurarme ya.
Podía descansar un buen rato, lo que les haría mucho bien á los caballos y á mis queridos franciscanos.
Mandé desensillar.
El padre Marcos me miró como diciendo: ¡Loado sea Dios! que si en estos berenjenales me mete también me ayuda.
Había un corral abandonado; cerca de él acampamos.
Ordené que se redoblara la vigilancia de los caballerizos, entusiasmé á los asistentes con algunas palabras de cariño y un rato después ardió flamígero el atrayente fogón.
Comenzó la charla de unos con otros, sin distinción de personas.