Uno de los tuyos.
El del arriero.
Vamos, ¿á que te has olvidado?
Voy á contártelo á tres mil leguas.
El respetable público que asiste á este coloquio, me dispensará.
—Fíjense bien—dije antes de empezar,—que este cuento es bueno tenerlo presente cuando se viaja por entre montes tupidos.
Todos estrecharon la rueda del fogón, uno atizó el fuego, los ojos brillaron de curiosidad y me miraron, como diciendo: ya somos puras orejas, empiece usted, pues.
Tomé la palabra y hablé así:
—Era éste un arriero, hombre que había corrido muchas tierras; que se había metido con la montonera en tiempos de Quiroga y á quien perseguía la justicia.