Estaba en dos puntos distantes al mismo tiempo, en el suelo y en el aire. Yo era yo, y á la vez el soldado, el paisano ese, lleno de amor y abnegación, cuya triste aventura acababa de ser relatada por sus propios labios, con el acento inimitable de la verdad. Yo me decía, discurriendo como él:—¡Qué ingrata y qué mala fué Petrona!—y discurriendo como yo mismo,—Byron, tan calumniado, tiene razón: en todo el clima el corazón de la mujer es tierra fértil en efectos generosos; ellas, en cualquier circunstancia de la vida saben, como la Samaritana, prodigar el óleo y el vino. De repente yo era Antonio, el ladrón del padre de Petrona, ora el Juez celoso, ya el cabo Gómez, resucitado en Tierra Adentro. En el instante mismo en que me desperté, el desorden, la perturbación, la incompatibilidad de las imágenes del delirio llegaban al colmo. Había vuelto á tomar el hilo del sueño anterior—no sé si al lector le suele suceder esto,—y montado, no ya en la mulita que se me escapara de la cabecera, sino en un enorme gliptodón, que era yo mismo, y persistiendo mi espíritu en alcanzar la visión de la gloria cabalgando reptiles, discurría por esos campos de Dios murmurando:
«Dall'Alpi alle Piramide
Dall'Mansanare al Reno,
Dall'uno all'altro mare.»
Pronto estuvimos otra vez en camino con cabalgaduras frescas.
La noche tenía una majestad sombría; soplaba un vientecito del Sur y hacía un poco de frío. Medio entumido como me había levantado de mi gramíneo lecho, temí dormirme sobre el caballo, y era indispensable tener muchísimo cuidado, pues, en cuanto salimos del descampado y entramos de nuevo en el bosque, comenzaron á azotarnos sin piedad las ramas de los árboles. La penumbra de la luna eclipsada á cada momento por nubes cenicientas que corrían veloces por el vacío de los cielos, hacía muy difícil apreciar la distancia de los objetos; así fué que más de una vez apartamos ramas imaginarias y más de una vez recibimos latigazos formidables en el instante mismo en que más lejos del peligro nos creíamos.
¿No sucede en el sendero de la vida—de la política, de la milicia, del comercio, del amor,—lo mismo que cuando en nublada noche atravesamos las sendas de un monte tupido?
Cuando creemos llegar á la cumbre de la montaña con la piedra nos derrumbamos á medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un ¡olvidadme! Ofrecemos una puñalada, y somos capaces de humillarnos á la primera mirada compasiva.
¡Cuán cierto es que el hombre no alcanza á ver más allá de sus narices!
Llamé, para no dormirme, á Francisco, mi lenguaraz, y de pregunta en pregunta, llegué á asegurarme de que no tardaríamos muchas horas en hallarnos entre las primeras tolderías.