Díjome que poco antes de llegar adonde íbamos á parar, se apartaban varios caminos: que debíamos ir con mucho cuidado para no tomar uno por otro; que él era baqueano, pero que podía perderse haciendo mucho tiempo que no había andado por allí.
—Pues entonces no conversemos; no vayas á distraerte con la conversación y nos extraviemos—le contesté.
Y esto diciendo, sujeté de golpe el caballo, esperé á que toda la comitiva estuviese junta, y previne que de un momento á otro íbamos á llegar adonde se apartaban varios caminos, no tardando en encontrarnos entre las primeras tolderías; que tuvieran cuidado, que quien primero notara otros caminos ó toldos, avisara.
Marchamos un rato en silencio, oíase de cuando en cuando el relincho de los caballos, y constantemente el cencerreo de las madrinas.
De repente oyóse una carcajada.
Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que, según su costumbre, iba contando cuentos y que acababa de echarles á los compañeros una mentira de á folio.
—¿Qué hay?—pregunté.
—Nada, mi Coronel—contestó Juan Díaz,—es Calixto que nos quiere hacer comulgar con ruedas de carreta.
El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo, que una mujer de la Sierra había parido un fenómeno macho—así dijo él,—con dos cabezas.