Hasta aquí el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que Calixto agregaba. Que el muchacho—por no decir los muchachos,—tenía los más extraños caprichos; que con una boca bebía leche de vaca y con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con una lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas disputas y camorras infernales, que eran muy entretenidas.
—Eres un gran embustero—le dije.
—Mi Coronel—contestó,—embustera será la gaceta en que yo lo he leído.
—¿Y en qué gaceta has leído eso?
—En un pedazo de gaceta en que me envolvieron días pasados una libra de azúcar que me vendió don Pedro en el Fuerte Sarmiento. Allí lo leímos en la cuadra del 7 de caballería; el amigo Carmen se ha de acordar.
Y Carmen, otro de mis asistentes, dió testimonio del hecho, corrigiendo solamente algunos detalles.
Á lo cual Calixto observó:
—Bueno, yo me habré olvidado de algo; pero lo más es verdad, es verdad.
—¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman todas las maravillas para un cordobés?
—De eso no me acuerdo bien.