—Padre Marcos, cuando lleguemos á Leubucó, confiéseme ese mentiroso.
—Con mucho gusto—contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento y amable en su trato.
Y cuando aquí llegábamos, una voz gritó:
—¡Acá va el camino!
Me detuve y conmigo todos los que me seguían de cerca; los demás fueron llegando uno tras otro.
—Debemos estar por llegar—dijo Mora,—voy á ver, mi Coronel.
Esperé un rato.
Volvió diciendo que estaba muy obscuro, que no podía reconocer la rastrillada más traqueada, que era la que debíamos tomar.
En efecto, un nubarrón parduzco eclipsaba totalmente la luna menguante y las estrellas apenas despedían su vacilante luz, por entre la tenue bruma que se levantaba en toda la redondez del horizonte.