Habíamos llegado á otro gran descampado, cuyos límites no se columbraban por la obscuridad.
Ordené que cortaran paja.
Rápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron.
En un verbo tuvimos hermosas antorchas, y buscando al resplandor de ellas el camino que debíamos seguir, no tardamos en hallarlo.
Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán.
—Han pasado no hace mucho rato—afirmaron los rastreadores,—y van con los caballos aplastados y sólo con el montado.
—Angelito va en el picazo—dijo uno.
—Ché, y el cabo Guzmán—agregó otro,—en el moro clinudo.
Tomamos el camino.
Debíamos estar á una legua. Los primeros toldos no se veían por la lobreguez de la noche.