Llegamos... Era un charco de agua entre dos medanitos. Acampamos... Mandé asegurar bien las tropillas y me acosté no exclamando como el poeta:
«Without a hope in life.»
Al contrario, esperanzado en el favor de Dios que hasta allí me había llevado con felicidad.
Era singular que los indios no nos hubieran sentido todavía; ellos, que son tan andariegos, que se acuestan tan temprano y se levantan con estrellas.
La luz crepuscular anunciaba la proximidad de un nuevo día.
Durmamos...
Es fácil conciliar el sueño cuando la civilización no nos incomoda, no nos irrita con sus inacabables inconvenientes, cuando no tiene uno más que echarse, cuando no hay ni el temor de desvelarse, quitándose la ropa, ó pensando en lo que la justicia y la generosidad humanas acaban de hacernos ó se proponen hacernos.
Lo confieso, en nombre de las cosas más santas. Yo no he dormido jamás mejor, ni más tranquilamente que en las arenas de la Pampa, sobre mi recado.
Mi lecho, el lecho blando y mullido del hombre civilizado, me parece ahora comparado con aquél, un lecho de Procusto.
Viviendo entre salvajes he comprendido por qué ha sido siempre más fácil pasar de la civilización á la barbarie que de la barbarie á la civilización.