Anduvimos como unos dos mil metros en dirección al monte donde se hallaba el cacique Ramón.

Llegó otro propio, habló con Bustos, y contramarchamos al punto de partida.

Esta revolución se repitió dos veces más.

Como se hiciera fastidiosa, le dije á Bustos, sin disimular mi mal humor.

—Amigo; ya me estoy cansando de que jueguen conmigo. Si sigue esta farsa mando al diablo á todos y me vuelvo á mi tierra.

—Tenga paciencia—me dijo,—son las costumbres. Ramón es buen hombre, ahora lo va á conocer. Lo que hay es que están contando su gente bien.

Oyéronse toques de corneta.

Era el cacique Ramón que salía del bosque, como con ciento cincuenta indios.

Á unos mil metros de donde ya estaba formado en ala, el grupo hizo alto; tocaron llamada, y se replegaron á él todos los otros que habían quedado á mi espalda, excepto el de Caniupán, que formó en ala, como cubriéndome la retaguardia.