Mudábamos, tomando á mano.
Es una operación campestre entretenida, no haciéndola torpemente, es decir, enlazando.
Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada. Los animales remolineaban á su alrededor. Entre varios tenían dos ó más lazos formando un círculo á manera de corral. Entraban en él, uno después de otro, por turno de numeración, los que iban á mudar. El encargado de la tropilla elegía un caballo de los menos sobados, lo designaba diciendo verbigracia—el obscuro overo,—para el número 4; y el individuo determinado así, con el freno y el bozal en la siniestra, se acercaba á aquél con maña, con cuidado de no asustarlo, buscándole la vuelta, echándole de lejos sobre el lomo, si no era manso, la punta de la rienda ó del cabestro, á cuyo contacto se queda casi siempre quieto el manso y dócil corcel.
La operación de mudar tomando á lazo en el medio del campo, á más del riesgo de que los caballos menos asustadizos se espanten, disparen y se alcen, es sumamente morosa, requiere gran destreza y ofrece peligros; de todos los ejercicios del gaucho, del paisano, el más fuerte, el más difícil y el más expuesto de todos es el del lazo. Cualquiera maneja en poco tiempo regularmente las boleadoras. Ni ser muy de á caballo, se requiere: siquiera mucha fuerza. El manejo del lazo, al contrario, demanda completa posesión del caballo, vigor varonil y agilidad.
Mientras mudábamos, llegaron varios indios del Norte, de afuera, como dicen ellos. Nosotros le llamamos así al Sur.
Viendo sus caballos tan trasijados, le pregunté á Caniupán:
—¿De dónde vienen éstos?
—Éstos vinieron de afuera, boleando, me contestó.
Eran las últimas descubiertas que regresaban, pero Caniupán no quería confesarlo.
—¿Qué habiendo por los campos, hermano?—le agregué.