—Muy silencio estando Cuero, Bagual y Tres Lagunas.

—¿Entonces, indios no desconfiando ya de mí?—proseguí.

Camilo Arias interrumpió el diálogo, avisándome que estábamos prontos.

—¡Á caballo!—grité;—montamos, nos pusimos en marcha, y pocos minutos después entrábamos en el monte de Leubucó.

Sendas y rastrilladas, grandes y pequeñas, lo cruzaban como una red, en todas direcciones. Galopábamos á la desbandada. Los corpulentos algarrobos, chañares y caldenes, de fecha inmemorial; los mil arbustos nacientes desviaban la línea recta del camino obligándonos á llevar el caballo sobre la rienda para no tropezar con ellos, ó enredarnos en sus vástagos espinosos y traicioneros.

Nuestros caballos no estaban acostumbrados á correr por entre bosques. Teníamos que detenernos constantemente; por ellos, expuestos á rodar, y por nosotros mismos expuestos á quedarnos colgados de un gajo como arrebatados por un garfio.

La torpeza nuestra era sólo comparable á la habilidad de los indios; mientras nosotros, á cada paso, hallábamos una barrera que nos obligaba á abreviar el aire de la marcha, á ir al trote y al tranco, á hacer alto y proseguir, ellos seguían imperturbables su camino, veloces como el viento. Pronto, pues, salieron ellos del bosque, quedándonos nosotros atrás. Yo no podía perder de vista que conmigo iban los franciscanos, y no era cosa de dejarlos en el camino, ni de exponerlos á columpiarse contra su gusto en un algarrobo. Demasiada paciencia habíamos tenido ya, para perderla cuando llegábamos, Dios mediante, al término de la jornada.

Los indios me esperaban en una aguadita al salir del bosque; en un gran descampado, sucesión de médanos pelados, tristes, solitarios.

Á lo lejos, como una faja negra, se divisaba en el horizonte la ceja de un monte.

—Allí es Leubucó—me dijeron, señalándome la faja negra.