Fijé la vista, y, lo confieso, la fijé como si después de una larga peregrinación por las vastas y desoladas llanuras de la Tartaria, al acercarme á la raya de la China, me hubieran dicho: ¡allí es la gran muralla!

Voy á penetrar, al fin, en el recinto vedado.

Los ecos de la civilización van á resonar pacíficamente por primera vez, donde jamás asentara su planta un hombre del coturno mío.

Grandes y generosos pensamientos me traen; nobles y elevadas ideas me dominan; mi misión es digna de un soldado, de un hombre, de un cristiano, me decía; y veía ya la hora en que reducidos y cristianizados aquellos bárbaros, utilizados sus brazos para el trabajo, rendían pleito homenaje á la civilización por el esfuerzo del más humilde de sus servidores.

Aspiraciones del espíritu despierto, que se realizan con más dificultad que las mismas visiones del ensueño, ¡apartaos!

El hombre no es razonable cuando discurre, sino cuando acierta.

Vivimos en los tiempos del éxito.

Nadie lucha contra los que tienen treinta legiones aunque la conciencia pueda más que todas las legiones del mundo.

Alguien habrá que lo intente algún día. Y no con el desaliento del gladiador, que anticipándose á su destino y mirando al César encumbrado sobre las más altas gradas del circo, exclamaba:

«Los que van á morir os saludan»—sino como el fuerte y viril republicano: