—Bueno topando, al galope.

Y esto diciendo, nos pusimos al gran galope sin reparar en nada.

Yo echaba de cuando en cuando la vista atrás, y veía á mis franciscanos, expuestos sin remisión á dar una furiosa rodada, y contenía un tanto la carrera de mi caballo para que aquéllos se me incorporaran, pues Caniupán me decía á cada momento: poniendo padre á tu lado.

Así íbamos ganando terreno, levantando torbellinos de arena, rodando más de cuatro en pocos instantes y viendo una nube que transparentaba diversos colores, avanzar sobre nosotros.

Coronamos el dorso de un médano y distinguimos claramente un grupo como de cincuenta jinetes.

—Ese son, poquito galope—dijo Caniupán recogiendo su caballo.

—Bueno, amigo—le contesté, igualando mi caballo con el suyo.

Así seguimos un momento, hasta que hallándonos como á seiscientos metros:

—¡Ese son hermano, topando!—dijo Caniupán y se lanzó violento.

Le seguí y mi gente me imitó.